Opinión | Tribuna
Huérfanos de memoria
En los campos extremeños, el porvenir remitía a una gran ausencia

Emigrantes españoles en Puerto Rico. / .
No pude evitar fijarme en las manchas de sus manos, tan castigadas por el sol. Se movían ágiles, reproduciendo los gestos propios de una generación, en ademanes y vueltas de muñeca que completaban impecablemente aquello que decía. Sentados a ambos lados del gran ventanal del salón, me contaba algunas anécdotas de su vida pasada, mirando de vez en cuando a los vecinos y forasteros que caminaban con paso decidido hacia el mercado dominical. De una divertida historia sobre antiguos ilustres del pueblo, pasó a recordar la época de la emigración al centro del continente, hace más de 60 años, cuando unos pocos marcos alemanes podían transformarse en carteras rebosantes de pesetas. Los movimientos maquinales repetidos durante horas innúmeras, el mismo hastío físico en cuerpos fosilizados por el trabajo, suponían allí un tipo de existencia más soportable, en una tierra donde el futuro no era un significante vacío. En los campos extremeños, en cambio, el porvenir remitía a una gran ausencia, a un grueso muro encalado que solo permitía mirar hacia los lados, o darse la vuelta.
El sacrificio inherente nunca se coloca en el centro del relato, ni en las portadas o en los telediarios, pero sí lo hacen el odio, el repudio, la violencia. Todo se llena de ruido, y se dejan de oír sus historias, aquellas de sus vidas pasadas. Se termina por olvidar que solo fue por amor y supervivencia, y por lucha y por rabia
La comunidad quedó casi vacía, me explicaba, y algunos nunca regresaron. Ellos, los que permanecieron, habían presenciado las cíclicas fluctuaciones de la miseria. Algo se deshacía al paso de cada estación, las hileras de peregrinos deshilachaban las calles y sus nombres, el límite de lo conocido se desvanecía. Levantarse antes que el sol era uno de los pocos axiomas imperantes, y en un escenario casi macondiano, muchas ancianas llegaron a ser abuelas sin nietos, y habían aprendido a soportar ellas solas el pesar de las casas huecas. En breves encuentros compartían su escasez, en cestas de mimbre desgastadas, hablando de su suerte sin demasiadas lamentaciones. Mantuvieron la cordura en los peores días, sin reconocimiento ni ceremonias, como rostros borrados en la arena, y en las noches cortas de verano, sentadas en las callejuelas, esperaban.
«Y de los que volvieron, muchos murieron jóvenes». Apartó la vista hacia la calle, con cierta gravedad, aunque no parecía afligido. Estaba más bien asumido, y siempre ha sido así, que la condición de migrante hacia latitudes septentrionales te habilita para sobrevivir como nadie quiere sobrevivir, en jornadas enteras bajo un sol de injusticia, o filtrando los gases inaptos para el aire local. Así se levantan y sostienen las mayores economías, que después rotarán dignamente sobre sus talones y acusarán, con el más firme convencimiento, a los que una vez se vieron forzados a partir. El sacrificio inherente nunca se coloca en el centro del relato, ni en las portadas o en los telediarios, pero sí lo hacen el odio, el repudio, la violencia. Todo se llena de ruido, y se dejan de oír sus historias, aquellas de sus vidas pasadas. Se termina por olvidar que solo fue por amor y supervivencia, y por lucha y por rabia.
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