Opinión | Es decir
La exdiputada confesa
Quien dimite por haber mentido no es un referente de nada

La exdiputada Noelia Núñez / JUAN CARLOS HIDALGO/ Efe
En política, la forma de pedir perdón es dimitir. Es lo que hizo el jueves Noelia Núñez, hasta entonces diputada por el Partido Popular: pedir perdón entregando su acta. El motivo, nada infrecuente entre la clase política española, es haber mentido acerca de su formación académica, acogiéndose a la práctica de embellecer el currículo (como si importara). Sin embargo, cualquier dimisión política, para ser creíble, debe completarse con la dimisión de la política, es decir, dejando la política (la activa, se entiende, porque la otra es imposible: zoon politikon, el animal humano). Y, a lo inevitable de no poder continuar ya como presidenta del partido en Fuenlabrada, Núñez ha añadido su renuncia al acta de concejala en el Ayuntamiento. La dimisión perfecta.
Se trata de hacer doctrina a partir de las falsedades que han decidido descubrirse a sí mismas de pronto sin que nadie hubiera advertido que las tenían delante, dentro de la propia ejecutiva del partido
Tan perfecta que el Partido Popular la ha considerado honrada y valiente, pero sobre todo ejemplar. Hombre, más ejemplar que las mentiras que la dimisionaria ha mantenido estos años, sí. Pero ejemplaridad es lo que intenta extraer de ellas el Partido Popular, con el fin de salvarse de no importa qué, quizá del ridículo, presentándolo como un patrimonio moral. Se trata de hacer doctrina a partir de las falsedades que han decidido descubrirse a sí mismas de pronto sin que nadie hubiera advertido que las tenían delante, dentro de la propia ejecutiva del partido. Una doctrina cuya máxima se resume así: todo el que mienta en política debe dimitir. Eso es también «hacer de la necesidad virtud» (y con decir «también» está dicho todo).
Porque un cargo del partido haya mentido al propio partido sin que el partido se percatara –despreocupado, tampoco importa ahora por qué otras preocupaciones– de que alguien de total confianza no solo había falseado su currículo sino que, con solo estar allí, estaba falseando todo, no se puede pretender que se establezca un baremo moral –a raíz de esa mentira o mentiras– que sirva como escala de ejemplaridad política. Los errores se asumen, en lugar de hacer doctrina con ellos. Y, cuando se trata de política, se asumen al modo de la exdiputada confesa.
No parece que quien dimite por haber mentido pueda convertirse en un referente de nada, y menos político, moral, como pretende el Partido Popular. Puede servir para disimular el propio engaño, proponiendo un modelo político más exigente o la reforma del sistema de acreditación actual. Pero sin olvidar que la falta de formación académica no es incompatible con la política, sino ocultarla.
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