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Opinión | UN VERANO A LA ÚLTIMA

Madrid

Un instante frente a la mar de Alberti

Los descansos vacacionales suelen tener un momento mágico en que desconectamos de la agotadora realidad, de nuestra peor versión y de un mundo frustrante para adentrarnos en el anhelo de lo que debiera ser y en el silencio de voces que, por unos segundos, mueren en tierra para hacerse oír con mayor cordura frente al agua y la sal

Imagen de una playa de Cádiz.

Imagen de una playa de Cádiz. / José Luis Roca

Todos los veranos de mi vida se resumen en un gesto tan sencillo como feliz que se repite en el calendario vital aproximadamente cada 365 días: me coloco frente al mar, la mar de Cádiz, de Alberti y de los míos y me regodeo en una efervescente sensación de plenitud que me emborracha los sentidos. Respiro hondo. Respiro. Hondo. Sonrío. En ese instante de embriaguez emocional todo lo que me rodea parece tomar una dimensión desconocida y, sin pedir permiso, lo positivo va tomando forma de recuerdo imborrable y los problemas amontonados se difuminan, silenciados, ante el regio vaivén de las olas que rompen la rutina y me dan la bienvenida.

En esa personal liturgia anual en la que me rindo sin resistencia al espectáculo del agua y la sal, las sobredosis de estrés y el ruido interior son firmemente derrotados y se abre ante mí un horizonte conocido y esperanzador que me hace sentir por fin a salvo. Respiro hondo. Respiro. Hondo. Sonrío. El cruce de vientos me abraza fuerte, me empuja hacia la orilla prometida y me susurra en el oído la llegada de un breve tiempo de tregua y sosiego en el que los males de casa, del país y del mundo quedan encapsulados y fuera del plano de la doliente conciencia. Unos segundos personales, intransferibles e impagables. Respiro hondo. Respiro. Hondo. Sonrío. Hondo. Respiro. Respiro. Respiro…

Este mar, la mar salada desde la que se marcó rumbo a otros mundos cuando esos mundos aún no estaban dibujados en los mapas

Es justo ese momento efímero frente al mar, mi mar, la mar de Cádiz, de Alberti y de los míos el que me reafirma en un credo aferrado a que es posible otra forma de vivir, de gobernarse, de gobernarnos, de respetar la vida y al otro. A los otros. La naturaleza no pudo crear la belleza de estos mares para colocarlos ante nosotros y que soportemos, resignados, que nuestra avaricia e imprudencia los intoxique y condene. Que el politiqueo en boga de unos temerarios negacionistas defienda que el cambio climático es un invento; que la DANA en Valencia fue quizás un mal sueño o que el desértico calor que amenaza a nuestros mayores y vulnerables es, simplemente, mala suerte.

Este mar, mi mar, tu mar si así lo quieres también, no puede esconder tragedias de familias que se rompen huyendo en patera de la miseria propia para ir a chocar con la indiferencia ajena: la de aquellos incapaces de estremecerse por no saber garantizar un techo, un plato y un puñado de derechos a unos menores apiñados en islas y costas exhaustas como las de Canarias, que piden socorro. La de esos que no valoran lo que aportan el conjunto de los que vienen pero que fomentan mantras sobre lo que restan algunos de sus versos sueltos. Los que en vez de colaborar para buscar soluciones en países de origen, que eviten huidas de talento y futuro, prefieren mirar a otro lado para luego prometer reconquistas y expulsiones alegales. Y que callan ante abominables llamadas a ‘cacerías’ de seres humanos en las calles de un país que se jacta de ser moderno y ejemplo de civismo.

El paso del tiempo deja huellas: no todas malas, pero algunas heridas cierran a poquito

Este mar, la mar salada desde la que se marcó rumbo a otros mundos cuando esos mundos aún no estaban dibujados en los mapas, debiera ser vía, junto a otras, por la que llegara inminentemente ayuda no boicoteada; luego la presión para el alto el fuego y después el sí o sí de la civilización al final del exterminio que un señor que dice actuar en nombre de la historia y los judíos está llevando a cabo en Gaza. ¿Es soportable para la humanidad que quien pretende ajusticiar la sinrazón de unos terroristas lo haga borrando sádicamente a un pueblo entero sin que logremos reaccionar más allá de las lágrimas? ¿Es soportable para quien en estos momentos me lee? ¿Lo es? ¿Qué es?

Respiro. Respiro hondo. Hondo. Hondo. Respiro. Respiro. Respiro… Me cuesta sonreír. Hondo respiro. Hondo. Hondo. Respiro. 2025. Respiro. Año de sombras. De guerras. También en Europa. De vergonzantes corrupciones cañís y de incertidumbres nacionales. De dudas y miedos sociales. También personales. El paso del tiempo deja huellas: no todas malas, pero algunas heridas cierran a poquito… respiro, respiro, respiro hondo, respiro, sonrío. Vuelvo a abrir la puerta a las alegrías que cohabitan en mi espacio. Que conviven con el orgullo y con el anhelo. Reconecto con el instante. Contigo y con tu fuerza, mar, mi mar, la mar de Cádiz, de los míos y de mi Alberti, nuestro Alberti, quien me enseñó a respetar desde niña el agua y la sal a golpe de verso. Respiro. Te evoco.

«Si mi voz muriera en tierra/llevadla al nivel del mar/y dejadla en la ribera./Llevadla al nivel del mar/y nombradla capitana/de un blanco bajel de guerra./¡Oh mi voz condecorada/con la insignia marinera:/sobre el corazón un ancla/y sobre el ancla una estrella/y sobre la estrella el viento/y sobre el viento la vela!».

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