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Opinión | Actos inexplicables (II)

Javier Ortiz

Javier Ortiz

Redactor de deportes

Becarios en Deportes de El Periódico Extremadura, espejo y evolución

Este es mi verano número 34 en esta redacción y a lo largo de ellos he convivido con diversos tipos de chicos de prácticas

Mané Bañegil, María Rubio y el autor de este artículo, en verano de 1993 en la redacción de El Periódico Extremadura en Camino Llano (Cáceres)

Mané Bañegil, María Rubio y el autor de este artículo, en verano de 1993 en la redacción de El Periódico Extremadura en Camino Llano (Cáceres) / E. P.

Estaba el otro día charlando con un maquetista de esta santa casa, Christian ‘Silver’ Plata, y me preguntó, hablando un poco entre retoque y retoque de las páginas, que cuál ha sido el mejor becario que hemos tenido en la sección de Deportes en todos los años que llevo en El Periódico Extremadura. La verdad es que, como este del 2025 es mi verano número 34 aquí y que casi siempre ha habido algún chico que ha venido a aprender (o desaprender), pues me lo puso difícil. Acerté a decir un nombre pero enseguida me arrepentí: con Christian suelo hablar siempre en clave de broma, excepto cuando el tema que se trata es el rap.

Lo cierto es que los chavales que han ido llegando año a año me han servido para mirarme en un fascinante espejo oblicuo, y eso que nunca cursé Periodismo, como sí hicieron ellos. Pero al principio, allá por los kurtcobeinianos 90, tenían mi misma edad y conectaba especialmente con ellos, algo lógico por afinidad generacional. Algunas de esas amistades las conservo hoy en día con esa delicadeza con la que uno trata solamente las cosas preciosas, pese a vernos poco.

Es el caso de Mané Bañegil, con el que muchos extremeños se despiertan al ser uno de los conductores del radiofónico El Sol sale por el Oeste, de Canal Extremadura. Le admiro por su justa mezcla entre desenfado y profundidad. Y no es raro que se haya movido con garbo durante tanto tiempo entre bambalinas político-mediáticas. Aquel julio-agosto en el que le conocí vino también con nosotros María Rubio, que no tenía ni puñetera idea de deporte, pero ni falta que le hacía con su gigantesco corazón y su visión para las historias. Ahora se nos ha vuelto runner y medio funcionaria. Allá ella.

También se asomó durante aquella época por nuestro cuchitril en la redacción de Camino Llano un taimado tipo que ahora es jefe de prensa de la Diputación de Badajoz, Fran Horrillo, al que me imagino empleando toda su astucia –que no es poca- para lidiar con las exigencias que tiene que encarar cada vez que surge el nombre de David Sánchez Pérez-Castejón.

Hacerse viejo

No le falta su dosis de investigación sociológica al tema. A medida que avanzaban los años, me iba alejando de la edad que tenían nuestros becarios y dejé de sentirme, en cierto modo, uno de ellos. En realidad, no me hicieron de plantilla hasta 1999, pero yo me incrusté con mi insolencia botellonera entre viejos lobos del periodismo que tampoco habían pisado nunca una facultad. Yo al menos completé Filología Hispánica y nunca pensé en dedicarme a la política. El complejo de intruso en el periodismo me lo quité cuando al fin me empecé a creer lo bueno que soy. «La confianza lo es todo», suelen decir. Pues venga.

De repente, empecé a sacarles ocho o diez años a los becarios. Uno de ellos sale ahora mucho en la tele como tertuliano para temas económicos, pero lo único que recuerdo de él es que estaba todo el puñetero día hablando bajito a través del teléfono de su mesa cuando la tarifa plana de los móviles aún no se había inventado. Su novia seguro que lo agradecía porque a más de 100 kilómetros, ya se sabe... «No me gusta cómo te mueves, chaval», le soltó un día Manolo Fernández, al que estas cosas sentaban a cuerno quemado. Empecé a sentir por primera vez que me había hecho viejo, que ya no era simplemente escenificar el rollo del «joven nostálgico que empieza a pensar que nunca existió» copiado de una canción de Danza Invisible.

Eso no impidió veranos sensacionales, de disfrutar mucho en la redacción y fuera de ella. Salir por las noches con mayor o menor dureza debería estar (y está, se pongan como se pongan los gymrats como Fernando Sosa) en el manual de costumbres obligadas de todo buen periodista o aspirante a serlo. Recuerdo con especial cariño aquellos meses en los que tuvimos a un dúo de muchos quilates: Jorge ‘Sobradete’ García León y Alejandro Segalás. Vaya dos sujetos inenarrables que luego han llegado bien lejos.

La frasecita de Kapuscinski

Hubo de todo: hasta uno que nos dejó tirados el primer día, imagino que espantado por los horarios que nos gastamos aquí. Y luego una chica que tenía un nivel altísimo, pero que escribía lentamente a conciencia para que no le encargásemos más temas. En general gente maja, pues siempre hay que sacar la cursilada del Ryszard Kapuscinski este: «para ser periodista hay que ser buena persona». En este perfil me encajan muchísimo Aitor Fernández, Carlos Gadella, Jesús Fuentes -ahora en la Federación Española de Ciclismo-, y Teo Moreno, que me debe una para siempre tras una velada épica en Madrid. ¿Y José del Pozo, ‘Giralda man’, y su teoría sobre el choped y el jamón? Tremendo.

En esta colección de personajes no me debo saltar a José Ángel García, alias ‘Dani Alves’ (por el parecido físico, aclaro), que lo hizo tan bien que hasta completó alguna sustitución posteriormente. Su caso me genera tristeza porque expresa bien la crisis del periodismo real contemporáneo: ahora trabaja en una empresa que comercializa cartuchos de tinta para impresoras cuando de forma clara tenía talento suficiente para haber comido de esto. Con él ya empecé a tener un aire casi paternal, aunque la diferencia de edad se emborronaba apoyados en cualquier barra hablando de fútbol y de la profesión.

Los últimos no han estado nada mal, eh, pero se observa que esto ha variado, como todo, empezando porque cada vez hay menos solicitudes para hacer prácticas. Lástima. Son chicos bien preparados en lo tecnológico, nacidos con un móvil bajo el brazo, pero a los que hay que explicarles demasiadas cosas básicas de la esencia de esto que seguimos haciendo milagrosamente día a día. Y he de confesar que no soy el profesor más paciente del mundo.

Ángel García -no confundir con José Ángel- está contratado en la sección de local y, aunque no me acuerde nunca del nombre de su pueblo, sabe que le aprecio, sobre todo por cómo maneja lo del fútbol sala. Y el pasado verano y este captamos al educadísimo Pablo Parra, nieto de una leyenda del periodismo local como José María Parra. Me lo imagino sonrojado al leer esta segunda entrega de Actos inexplicables, que he publicado sin avisarle. Es terriblemente tímido, pero ya le quitaremos ese defecto, tranquilos.

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