Opinión | Desde Casa de Gabo
Amanecer en México
Aracataca era la tierra natal de Gabriel García Márquez, donde el abuelo le enseñó la vida de antes y también la que vendría. La enorme cantidad de hechos que atesora el padre mayor de aquella familia le dio la razón de ser de su literatura

El premio Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez (d), posa junto a su nieto Mateo (i) el martes 6 de marzo de 2012, en su casa del barrio de San Ángel en Ciudad de México, donde celebra su cumpleaños numero 85 en compañía de su familia. / Mario Guzmán / Efe
El amanecer de México es como una tarjeta postal llena de ruidos que te asaltan en seguida que abandonas la casa y te adentras en la ciudad que suena. Una vez que llegas a ese paseo de coches y de camiones y de vendedores callejeros y de ejecutivos que van, por ejemplo, a Televisa, al lado de la Casa Gabo donde habito mes y medio del verano, la ciudad reclama su sosiego.Y es como si te adentraras, después del ruido ensordecedor de aquellos coches, en una primavera de árboles y de adoquines rotos.
Por las esquinas hay mujeres, u hombres, pero sobre todo mujeres, que te ofrecen frutas bellísimas. Por dentro son también dulces, como recién sacadas de cualquiera de los pueblos fértiles de la República. En el trayecto, que imagino que algún día fue seguido por la familia García Márquez, hay escolares y trabajadores, gente cansada del día anterior y, en general, ciudadanos que no están contentos con la jornada que se les viene encima.
Es un bello amanecer si miras al cielo, donde el dios de la lluvia, que estos días ha llorado sobre México, atesora en su seno el inmenso don que lleva dentro: el agua. El don infinito del agua. Cuando ya no es México sino un barrio este sitio de privilegio y sosiego, puedes entender que Gabo, y otros de los que tuvieron su gusto, quisieran que este fuera el lugar de su sitio de escribir.
Recuerden que antes de publicar 'Cien años de soledad' él había estado viajando por estos mundos, ocupado en tareas de guionista, por ejemplo. Un día de esos trayectos sin fin ni alegría, estando con Mercedes Barcha, su mujer, y con sus hijos recientes, Gabo dio la vuelta al coche y se volvió al Distrito Federal.
La inspiración era su estilo, y lleva dentro un mundo entero pero chico, inmenso pero arrollador: Aracataca.
Aracataca era su tierra natal, donde el abuelo le enseñó la vida de antes y también la que vendría. La enorme cantidad de hechos (y de cuentos) que atesora el padre mayor de aquella familia le dio, de pronto, la razón de ser de su literatura: la imaginación, pero también la realidad. Rota, fantástica o limpia, la realidad. Todo lo que le dijo el abuelo, y todo lo que él mismo inventó, terminó siendo materia de los cien años que tenía que describir. Los cien años de soledad.
Él hizo ese viaje de vuelta a la ciudad de la lluvia y de la risa, y del miedo, y se metió en esta casa a la que ahora yo mismo llego por las mañana, desde la pensión en la que habito, para explicarme el sosiego que hizo que Gabriel García Márquez hallara aquí el porvenir mayor de su vida: aquel que, años después, lo coronara con el Premio Nobel de Literatura, a cuya recepción fue vestido como si fuera un niño de primera comunión en Aracataca.
Ahora mismo, cuando miro por los ventanales que dan a los árboles y escucho pájaros que debieron ser los sucesores de las letanías que animaron su soledad de escritor, me lo puedo imaginar, a mediodía, cuando la mesa ya estaba distribuida, rebuscando entre las migas de pan una inspiración más que, por la tarde, le devolviera las ganas de evocar las bravatas del abuelo. Mientras, cuando esas migas ya fueran parte de su cuerpo o de sus distracciones, los chicos le pedirían cuenta de su silencio, a qué se debe, padre, esa montaña de papel que llenas cada día.
Lo grandioso de este sitio, que se parece a México porque aquí está, en este país, pero que podría ser parte del paraíso, es que cuando entras a la casa, que aquí se llama la Casa Gabo, suena una puerta, luego otra, estas se cierran y, de improviso, todo se revuelve y es de nuevo el sonido de Gabo tecleando, su mano inspirando la música que deben regalarle sus oídos y sus ojos.
Entonces es cuando subes las escaleras al piso de arriba, donde ellos dormían, entras en el sitio que te han dado para escribir y de pronto, al sentarte, se te paraliza el ánimo, miras a la calle y solo está, junto a los árboles, ese perro que debió despertarlo cada día.
Al despertar una de esas veces, cuando ya estaba finalizando 'Cien años de soledad', Gabo sintió otra inspiración que lo llevó, de pronto, a Barcelona, donde buscó casa y agente y futuro. Cuando Beatriz de Moura, que sería de sus mejores amigos, le preguntó, al verlo presumiendo de un libro que parecía que él mismo había escrito, “pero, Gabo, ¿de veras tú eres el autor de 'Cien años de soledad'?”
Gabo siguió hablando en la 'boîte' que los acogía, quizá con ganas de decir: “No, lo escribió Aracataca”.
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