Opinión | El ojo crítico
Fernando Ull Barbat
Un verano de lecturas: burlarse del dolor
He vuelto a leer 'Manual para mujeres de la limpieza' y me ha sobrecogido esa facilidad de Berlin de hacer cotidiano y visible las entrañas cotidianas de la vida

'Manual para mujeres de la limpieza', de Lucia Berlin. / Alfaguara
Lucia Berlin nació en Alaska en 1936. Se casó tres veces, tuvo cuatro hijos, numerosos empleos y cambió constantemente de ciudad. Sin embargo, una vida tan ajetreada no fue obstáculo para que escribiera decenas de relatos que publicó en revistas norteamericanas mientras sacaba adelante a sus hijos ella sola. Buena parte de estos cuentos se pudieron leer en España en 2016 gracias a una recopilación que con el título Manual para mujeres de la limpieza se convirtió en una de las sorpresas literarias de la última década en cuanto a calidad y en cuanto a ventas. Mujer de gran belleza, con enigmáticos ojos verdes, tuvo una vida difícil marcada por un alcoholismo que pudo superar tras años de lucha. En sus escritos no deja lugar a la alegría pero tampoco a la tristeza. La vida es la vida, sin más, parece decirnos. Y en sus relatos podemos leer cómo era la vida en EE. UU. al otro lado de las películas del Hollywood de los años 50 y 60 del pasado siglo, con sus estrellas del celuloide tan refulgentes, pero sin caer en dramas insondables. Es este un libro que, como digo, fue publicado hace casi una década, que sin embargo creo que merece una mención especial en este verano de lecturas. Lo he vuelto a leer estos días y me ha sobrecogido esa facilidad de Berlin de hacer cotidiano y visible las entrañas cotidianas de la vida. Para tratar de comprender un periodo histórico no hay nada como leer la mejor literatura de cada época: Tolstoi, Sthendal, Aldecoa o Ribeyro, explican mejor la sociedad que le tocó vivir a cada uno de ellos que muchos libros de historia.
A lo largo de su vida tuvo multitud de empleos necesarios para sacar adelante a sus cuatro hijos producto de matrimonios con hombres que no estuvieron a su altura. Trabajó de mujer de la limpieza, de enfermera, de telefonista, en una cárcel y ya en la madurez como profesora de escritura en varias universidades hasta su muerte en 2004. Trabajos que dejaron una impronta en sus relatos plagados de frases que, a veces, al leerlas, me hicieron (y me han vuelto a hacer) levantar unos segundos la vista del libro en la soledad de mi estudio. Al escribir sobre su época de mujer de la limpieza nos habla del silencio que retumba en una casa donde acaba de morir una persona a la que tiene que ir a limpiar por encargo de los hijos. Y al recordar a su prima -su familia es un elemento repetido en su obra literaria- afirma que su sonrisa se burlaba del dolor que la alegría trae siempre consigo.
Cuando leemos sus escritos, casi todos basados en su propia vida, nos imaginamos a Berlin como una mujer que, como hubiese dicho Hemingway, conoció la angustia y el dolor pero nunca estuvo triste una mañana. Sus relatos están plagados de personas que no consiguen encajar en ninguna parte pero sobre los que siente un profundo respeto. Nos habla de la muerte, del amor, del dolor y de los estragos del paso del tiempo y sobre todo de esos álbumes de recortes mentales a los que acudimos cuando, como dijo Cernuda, el tiempo comienza a alcanzarnos.
Los relatos de Lucia Berlin, la primera vez que los leí, me devolvieron a mis años de juventud, cuando en el último año de mi carrera universitaria hice mil cosas para poder pagarme un apartamento al que poder regresar cada noche para sentarme a leer. Descargar camiones de sacos de harina, pulir suelos o dirigir franquicias. Cualquier cosa para ganar un dólar, como dicen los protagonistas de las películas norteamericanas que sí reflejan el mundo en el que vivió Lucia Berlin. En ambientes laborales pésimos, donde la envidia y la ignorancia eran el pan de cada día, tuve que lidiar con compañeros y compañeras de trabajo que escondían sus profundas limitaciones culturales haciendo una burla de todo aquello que sonase a cultura. Y también con jefes y jefas que veían fantasmas por todos lados debido a su miedo a que alguien les quitase su trabajo. No yo, desde luego. Lo último que quería era convertirme en algo parecido a ellos.
Sólo aquel que ha pasado la mayor parte de su vida cambiando de ciudad y de casa entiende la literatura que se esconde en Manual para mujeres de la limpieza, un libro de relatos que cuando lo leí me recordó a otro libro también de relatos que releí decenas de veces en mi juventud. Me refiero a Crónicas de motel (1982) de Sam Shepard. Con 25 años yo ya había vivido en 6 ciudades y en una decena de casas. Tal vez en aquellos años me encontré con alguna Lucia Berlin pero no supe reconocerla.
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