Opinión | La curiosa impertinente
María Pombo y Molière

María Pombo. / EL PERIÓDICO
En 1672, Molière escribió Las mujeres sabías, donde satirizaba a las féminas pretendidamente cultas de los salones de la época que estimulaban los debates, las lecturas y las discusiones filosóficas. Se le antojaban unas pedantes y también se burlaría en Las preciosas ridículas, pero lo cierto es que esas salonnières favorecieron la transmisión de los ideales ilustrados y marcaron el camino a un cambio cultural de modernidad, progreso y libre pensamiento en un ambiente refinado y culto.
Nuestra protagonista, a la que siguen en redes un número indecente de personas, ha recibido muchísimas críticas por reaccionar con despecho contra quien le afeaba los escasos libros en su glamouroso salón
Puede que María Pombo no lo sepa pero ya en el siglo XVII existían las influencers o creadoras de contenido, que realmente no sé muy bien qué es esta simpática mujer de vibrante personalidad según la describen en internet.
Nuestra protagonista, a la que siguen en redes un número indecente de personas, ha recibido muchísimas críticas por reaccionar con despecho contra quien le afeaba los escasos libros en su glamouroso salón. Una está en contra de los ataques personales, aunque las que viven de publicar sobre su existencia deban apechugar con ellos, pero Pombo reaccionó de un modo estrafalario al rebotarse contra lo que ella considera superioridad moral de los que leen como otros nos espeluznamos con la superioridad moral de la izquierda. Afirmó que los que leían no eran mejores que los que no y después fardó de no leer.
Y a una, esta María tan mona, popular y anti intelectual, le parece un pelín soberbia y otro pelín busca escándalos en esa línea eficaz de que hablen de ella aunque sea mal. Es evidente que puede decir todas las impertinencias que quiera, aunque, al tomárselo de modo tan personal demuestra que le escoció porque lo considera importante. Leer no vuelve mejor al que lo hace, pero sí alimenta su imaginación, le proporciona información para pensar con espíritu crítico, engrandece su reducido mundo y abre caminos tan necesarios al espíritu como la cultura, la poesía y la belleza, más allá de los vestidos supermegaideales y los bellos objetos de decoración.
María Pombo no es Molière. Y lo siento por todo lo que se pierde.
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