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Opinión | Con permiso de mi padre

Qué asco. Sin «peros»

Una persona empuña un arma de fuego.

Una persona empuña un arma de fuego. / EFE

Algunos días resulta vergonzoso pertenecer a la raza humana. Luego, lo piensas mejor y lo que da vergüenza (y bastante asco también) es que ciertas personas pertenezcan a esta especie. Porque hay que ser un monstruo desalmado para celebrar, festejar, aplaudir y jalear el asesinato frío y en directo de otra persona.

Siempre ha habido crueldad en el mundo: matanzas, asesinatos, atentados, secuestros... Un eco constante, a veces más más sordo, a veces más cercano. El Mal con mayúsculas tiene muchas caras, pero no esperas que sean las de un compañero de estudios, del repartidor, o de tu compañera de trabajo. No te pasa por la cabeza que tener una visión de la vida diferente te haga merecedor de un balazo, aunque eso mismo lo vivimos en España durante décadas, cuando unos apretaban el gatillo apuntando a la nuca de sus vecinos y el resto miraba hacia otro lado, cuando no jaleaba, apoyaba o blanqueaba.

Desear la muerte a otra persona sólo porque piensa distinto a ti, no tiene justificación ni atenuante, pero a algunos les parece válido porque se creen en posesión de la verdad, de la bondad y de la única y correcta visión del mundo. Y esa creencia sectaria es precisamente la que nos ha traído los peores males a lo largo de la Historia.

A medio y largo plazo, más peligrosa que quien aprieta el gatillo es esa multitud que lo acompaña y legitima con su silencio o con sus vítores. El problema no es tanto el monstruo psicópata, sino esa complicidad social que permite que el odio se expanda, cunda y hasta se normalice y justifique. Esa aceptación de la barbarie en lo cotidiano, en lo socialmente permitido, incluso desde algunos medios, es lo que erosiona los cimientos de toda convivencia. Si has puesto un «pero» después de la condena, das mucho asco.

Algunos elevan el odio a ideología, como si fuese una forma de resistencia, un arma legítima. Pero lo que late debajo es justo lo contrario: renuncia total a la política, al debate, a la democracia, al Derecho, a la humanidad. No quieres convencer ni construir, sólo eliminar. Y la paradoja es que, mientras contamos con más cauces e instrumentos que nunca para expresarnos y contrastar ideas, sin embargo reducimos el mundo a fáciles trincheras.

Porque pensar y reflexionar es incómodo. Requiere esfuerzo, matiz, capacidad de escuchar. Y eso no da tantos clics ni genera tanta dopamina como un improperio o una frase lapidaria. Es más fácil deshumanizar al otro que reconocerse en él, sobre todo si eso permite que algunas existencias se vean a sí mismas con algún sentido únicamente por formar parte de un grupo de desalmados de similar bajeza moral.

Si tu manera de sostener tus ideas pasa por desearle la muerte a quien tiene las suyas, eso demuestra la debilidad de tus argumentos y que lo que defiendes no es un proyecto, sino un abismo. Y el abismo, ya lo decía Nietzsche, acaba devolviéndote la mirada.

Quizá, al final, lo contrario a la barbarie no sea la bondad perfecta, sino un simple gesto: la voluntad de no sumarse. La valentía de no dejar que el ruido convierta al prójimo en enemigo. Porque de eso se trata, de recordarnos que seguimos siendo personas en un tiempo en que muchos parecen empeñados en olvidarlo y en avivar el odio.

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