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Opinión | MIEL, LIMÓN & VINAGRE

Albert Soler

El café para todos era café irlandés

El consejero delegado de Ryanair, Michael O'Leary, durante una rueda de prensa de Ryanair.

El consejero delegado de Ryanair, Michael O'Leary, durante una rueda de prensa de Ryanair. / Europa Press

En un mundo tan extraño donde revolucionarios como Pablo Iglesias llevan a sus retoños a colegios de pago tras haber renegado públicamente de ellos —de los colegios de pago, no de sus retoños—, lo normal sería que Michael O’Leary, magnate de las aerolíneas low cost, viajase en tren. O que, de viajar en avión, lo hiciera a bordo de lujosas aerolíneas de algún país del golfo pérsico. No parece el caso, se diría que, al contrario que Iglesias, el creador y jefazo de Ryanair sí parece creer en lo que predica, y así lo imaginamos apretujado contra el asiento de delante y pagando por un equipaje de mano demasiado voluminoso, mientras viaja hacia algún aeropuerto remoto a presentar una nueva conexión aérea entre ciudades que ni siquiera sabíamos que existían. Ostrava o Lublin por ejemplo, por mencionar dos de las que tienen vuelo directo con mi ciudad, Gerona (la cual les debe resultar tan extraña a los ostravenses, o como se llamen, como a mí la suya).

Michael O’Leary democratizó el transporte aéreo poniéndolo al alcance de todos los bolsillos. No hace mucho coger un avión para ir a Italia, aquí al lado, era cosa de clases pudientes, o de clases medias que habían ahorrado para permitirse el viaje. Con el aterrizaje de Ryanair, lo normal era pasar el fin de semana en Milán y contarlo al regreso como el que había llevado a cabo la aventura de su vida. También empezó a ser habitual ver en la Costa Brava a turistas procedentes del cinturón industrial de Manchester o Liverpool, que hasta poco antes pasaban sus vacaciones en Blackpool. No es que a O’Leary le importase una higa el bienestar de la clase trabajadora, sino que se dio cuenta de que ahí había un filón que explotar, puesto que nada le apetece más a un pobre que creerse rico, aunque sea por un rato. Eso consiguió Ryanair. Los pobres de toda Europa se creyeron ricos porque se iban un par de días a París —aterrizando en un aeropuerto secundario a bastantes quilómetros de la capital francesa— aunque allí tuvieran que dormir en una pensión de la banlieue y comer de supermercado. El café para todos aplicado a los viajes, aunque fuera café irlandés.

Así despegó Ryanair y así despegó la cuenta corriente de su presidente, a quien hay que reconocerle un ojo clínico para darse cuenta de que la gente, si no puede ser rica, se conforma con parecerlo. De hecho, tanto a Pablo Iglesias como a Michael O’Leary les mueve el ganar dinero y el vivir bien, pero mientras el español lo disfraza, el irlandés no lo esconde. No en vano su fortuna se estima en más de 1.000 millones de dólares, vea el lector lo beneficioso que es que los pobres viajen en avión. Con tanto dinero, podría incluso permitirse llevar a sus hijos al mismo colegio que lleva Iglesias a los suyos.

Provocador y extravagante, en sus apariciones públicas O’Leary parece un trasunto de Mr. Bean, con sus mismas muecas y similar aspecto de niño grande. Igual aparece ante la prensa ataviado con pantalón corto y un flotador de playa, que posando para las fotos con la maqueta de un avión entre las piernas, en posición preocupantemente fálica. Todo se lo puede permitir, por algo es rico, en su caso, de verdad. Sucede que, tras su fachada inocente, habita un negociador implacable, como demuestra su reciente decisión de desviar unos dos millones de plazas de aeropuertos españoles hacia otros países, en protesta por el aumento de las tasas aeroportuarias.

En Gerona sabemos de qué va eso. Hace años. con un aeropuerto sin tráfico, dedicado a acoger ferias de artesanía y antigüedades en sus pistas, la llegada de Ryanair fue como si lloviera maná del cielo en lugar de aviones. En poco tiempo el aeropuerto se situó entre los de más tráfico de España y las instituciones municipales, provinciales y autonómicas se pusieron al servicio de O’Leary. Era el nuevo rey Midas, y seguro de su posición, recibía subvenciones y amenazaba con cerrar la base de Gerona o reducir el número de vuelos cada vez que algo —tasas e impuestos normalmente— no era de su agrado y quería modificarlo. Cosa que invariablemente conseguía, la prueba es que aquí sigue todavía. La propia Generalitat llegó a solicitar alguna vez a Aena que redujera las tasas aeroportuarias porque O’Leary se enfadaba y amenazaba con llevarse sus aviones de Gerona.

La misma estratagema que algunos llaman chantaje y otros capacidad de negociación, la utiliza ahora con España. Ryanair es líder en el tráfico aéreo español, con más de 60 millones de pasajeros anuales. O’Leary, que de estúpido no tiene un pelo, sabe que él cuenta con la fuerza de estos números, mientras la otra parte cuenta con un gobierno que se tambalea y un ministro de Transportes que se pasa el día en Twitter. No sabe , el irlandés.

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