Opinión
Tal como fuimos... una vez
Adiós a Robert Redford, el actor que transmitía integridad

Robert Redford.
Ahora que este año de horror enfila el otoño, decir adiós a los que fueron referente para nuestra generación, parece sumirnos aún más en un abismo al que hemos llegado justo como describía el Gran Gatsby: remando como barcos contra la corriente. Con Robert Redford se nos va el chico guapo de ‘Descalzos por el parque’, uno de los mejores actores del siglo XX pero, sobre todo, su marcha nos deja un poco más huérfanos de una cualidad que transmitían todos y cada uno de sus personajes: la integridad.
Hoy, cuando la mentira gana fácilmente el relato , cuando la impostura se pregona desde altavoces de alcance universal, la pérdida de Redford es también la de un defensor de la libertad, de los que señalan, cual Brubaker, que el emperador va desnudo
Daba lo mismo que encarnara a un pistolero como Sundance Kid (‘Dos hombres y un destino’) o un timador llamado Jhonny Hooker ( ‘El Golpe’), dos personajes de factura impecable e inolvidable, completados con su alter ego, Paul Newman. Su presencia en la pantalla parecía transmitir siempre la verdad última, la misma que perseguía con ahínco cuando se transmutó en Bob Wooddward. Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que el periodismo era capaz de hacer salir por la puerta de atrás a todo un presidente de Estados Unidos, por mentiroso. Hoy, cuando la mentira gana fácilmente el relato, cuando la impostura se pregona desde altavoces de alcance universal, la pérdida de Redford es también la de un defensor de la libertad, de los que señalan, cual Brubaker, que el emperador va desnudo al denunciar, por ejemplo, la «personalidad dictatorial» de Trump.
Tan enorme era su ascendente que ni el estrambótico mandatario ha osado pisotear, como suele, la sombra de quienes rehuyen la adulación y llaman por su nombre al necio. Sobre el creador e impulsor del cine independiente con su Sundance Festival, decir que era «un grande» queda hasta roñoso. Mejor imaginarlo recreado en la figura de un león africano sobre un promontorio bajo el que descansa el auténtico Denys Finch Hatton, o silbando entre el viento helado de un invierno a la intemperie , como Jeremiah Jhonson. O mejor, aún, en una marcha por la libertad de expresión contra la caza de brujas de McCarthy, como hacía en ‘Tal como éramos’, del brazo de una revolucionaria Barbra Streisand. Una historia de amor que triunfó en las pantallas pese a múltiples dificultades, incluida la resistencia de Redford a encarnar a un jovencito burgués incapaz de seguirle el paso a su, sin embargo, amor más sin cero. Esa es la escena que me viene hoy a la memoria: la del mechón rebelde y rubio sobre la frente, recogido con delicadeza por la Streisand, en los días de bellos sueños, cuando la nostalgia no nos obligaba a divagar sobre si seguimos siendo tal como éramos, o si nos vamos desvaneciendo a medida que todo aquello que fue se convierte en recuerdo.
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