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Opinión | Extremadura desde el foro

Frivolidad y perversión

Sánchez, jugando a la polarización doméstica

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / Joaquí­n P.Reina - Europa Press

Cuando, en un año, se demuestre la irrelevancia de Sánchez en la esfera internacional sólo podrá extrañar a los que están cómodos en mantener bien puesta la venda (en interés propio). No puede ser gratuita la mención del nazismo en plena Eurocámara para señalar a parlamentarios conservadores alemanes, pocos acostumbrados al extremismo de andar por casa. Ni tampoco el filibusterismo trapacero del «sí, pero no» con aumento del gasto militar, mientras el resto de aliados afila los números del compromiso asumido. Ahora, su chapoteo en el cenagal del conflicto en Gaza, con el escenario internacional de la Vuelta como ‘marco incomparable’.

Está por ver si afectará a España como país, pero desde luego no suma. Ahonda en una endémica incapacidad para conservar una consistencia interna (y en línea con nuestros socios) en política exterior. En teoría, uno de esos ámbitos que debían servir a una estrategia común y ser refugios de la arena política, pero que se demuestra que no es más que una extensión del gobierno de turno.

Sánchez parece empeñado en convertir cada conflicto internacional en un escenario de una telenovela ibérica. Un presidente de un país con altavoz global, e histórico a reivindicar en el caso de Palestina, tiene ante sí cauces mucho más útiles y viables para una solución

El interesado flirteo con el activismo de pancarta en el conflicto de Gaza no responde a una posición coherente, ni una obligación con sus socios. Ni mucho menos a una convicción personal. Azuzar a un boicot a un acto legítimo amparado (poniendo en peligro la seguridad de otros ciudadanos) en un tema tan complejo y lleno de matices como la situación en Israel, sólo por los réditos de una lectura en clave interna, da escalofríos.

Sánchez parece empeñado en convertir cada conflicto internacional en un escenario de una telenovela ibérica. Un presidente de un país con altavoz global, e histórico a reivindicar en el caso de Palestina, tiene ante sí cauces mucho más útiles y viables para una solución. Empezando por el derecho internacional invocable y pasando por recabar apoyos dentro de la misma Unión Europea. Su soflama, además, esquiva el espinoso detalle de las alianzas estratégicas de España. No es solo una pirueta electoral, es un brindis al sol que deja a nuestro país como convidado excéntrico en la mesa de la UE. La frivolidad, al final, es optar por la indignación de salón antes que por una respuesta de estado.

Esto, en el día en que el gobierno fue incapaz de mantener el orden público por dejación intencionada de funciones. Las explicaciones, vía mitin, de un delegado de gobierno en Madrid empeñado en la autojustificación, son esclarecedoras. Usar este brazo administrativo, diseñado para representar al Estado con neutralidad, como altavoz de posiciones partidistas es más que un desliz: es una perversión. Que está en creerse que las instituciones públicas son sólo un atrezo al servicio del líder.

¿De verdad cree que la brocha gorda de las declaraciones grandilocuentes compensa la ausencia de un plan? Permitir, cuando no alentar, algaradas, mandar flotillas o boicotear empresas no va a solucionar la terrible situación de Gaza. Nada justifica, más allá de la terminología, el sufrimiento de la población civil. Menos, claro, jugando a la polarización doméstica. Pero la coherencia, me temo, no se improvisa.

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