Opinión | Desde el umbral
Etapas
Elia, el regalo más extraordinario de mi existencia

La mano de un bebé se agarra a la de su padre / EUROPA PRESS
No sé si es porque uno está todo lo atento que puede, o porque se hace muy evidente, pero en la dos últimas semanas he contemplado a una personita dando pasos que me hacen tener el convencimiento de que está haciendo la transición entre el final de una etapa y el comienzo de otra. Mirando fotos de hace apenas un año, o unos pocos meses, y del momento actual, ya había ido constatando el cambio. En no demasiado tiempo ha ido trasformándose la fisionomía de la bebé hasta dibujarse el rostro de una niña. Y el cuerpecito achuchable y blandito ha dejado paso a un cuerpo ágil y vibrante. Esto que cuento es perceptible a la vista de quien mira cada día de una evolución deslumbrante. Como lo es su afán de hacer las cosas por sí misma, de explorar, de expresarse, de saber el qué y el por qué…. Pero verla, hace unos días, perderse por el pasillo del cole, por primera vez y de la mano de su Seño, fue una de esas imágenes en movimiento a las que uno asiste sabiendo que está aconteciendo un momento crucial, que la vida sigue su curso, que todo lo hermoso vivido hay que atesorarlo porque ya no volverá, y que vendrán nuevos días, que todo irá cambiando, y que cada jornada presente recordará que nada podrá volver a ser ya como era antes, que será distinto y también hermoso, esperanzador e ilusionante, pero que ya no se repetirán los días pasados. Es verdaderamente curiosa la contemplación de la vida cuando hay un pequeñín o pequeñina marcando el paso y el ritmo de los días. Se siente el tiempo discurrir o fluir de manera diferente y se percibe el latido palpitante de cada día como si fuera el primero y, al tiempo, como si fuera uno menos de todos los posibles. Es una sensación extraña… De nostalgia de lo vivido y expectación por lo que vendrá, de anhelos de lo que quedó atrás y deseos de lo que llegará, de cultivo de la memoria reciente y sueños del mañana que se aproxima, de no querer perderse ni uno solo de los instantes de cada día por la conciencia de lo únicos e irrepetibles que fueron, son y serán, de disfrutar del abrazo y de ser consciente de lo necesario de abrir los brazos.
Es verdaderamente curiosa la contemplación de la vida cuando hay un pequeñín o pequeñina marcando el paso y el ritmo de los días. Se siente el tiempo discurrir o fluir de manera diferente y se percibe el latido palpitante de cada día como si fuera el primero y, al tiempo, como si fuera uno menos de todos los posibles
Esa pequeña que comienza a recorrer nuevas veredas, que va levantando el vuelo, a la que aún le cuesta separarse cuando tiene que ir a hacer la fila, cumple mañana tres añitos. Y van a permitirme la licencia de tomar prestadas unas líneas para dejarle por aquí unas letras. Tiene uno para sí la certidumbre de que estos papeles o la tinta digital quedarán ahí flotando en el éter o aparcados en las hemerotecas durante el tiempo suficiente para que, quizá, algún día, cuando pasen los años y aún estemos aquí, o quizá hasta cuando ya no estemos, una pequeña, que aún no lee pero entonces lo hará, se acerque y se sienta confortada al saber que papá se hizo una promesa, y que, para darle cumplimiento, no dejó que pasara ni un solo 21 de septiembre sin festejar públicamente su cumpleaños. No hay día más importante en la vida de papá, pequeñina. Te deseo que goces de toda la felicidad posible en esta nueva etapa que acabas de comenzar, y en todas las que vendrán. Será una aventura apasionante, ya lo verás. Eres el regalo más extraordinario de mi existencia. Feliz tercer cumpleaños, hijita. Te quiero, Elia.
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