Opinión

Joaquín Cuello Martínez-Pereda
Secretario de memoria democrática, migraciones y cooperación internacional de la CEP del PSOE de Cáceres
El Genocidio de Gaza y la Crucifixión de Cristo
No cabe idea más perversa que la de considerar que no se debe politizar lo que es esencialmente político, por implicar el mayor daño que se puede afligir a la humanidad

Niños palestinos esperan agua en Gaza. / EUROPA PRESS
Podría evocarse que Cristo naciera en Belén (actual Palestina); como también que la crucifixión fuese instigada por la autoridad judaica de aquel momento en Jerusalén (Anás, Caifás, el Sanedrín en su conjunto); y que incluso una potencia extranjera lo permitiera (la autoridad imperial romana, a través de Pilatos), pese a poder haberlo evitado. Son muchos los paralelismos con lo que ocurre ahora en Gaza, pero se trata de algo más profundo y fundamental.
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento proscriben todo lo que está ocurriendo, dejando poco margen para interpretar lo contrario de forma asistemática y torticera, opuesta al sentido de los principales textos religiosos de la cultura occidental.
No sólo el Nuevo Testamento, cuando el cristianismo ha nacido ya del judaísmo, sino también el Antiguo se muestra repleto de ejemplos de humanidad; por no hablar del judaísmo posterior de Maimónides, Espinoza o Mendelsshon.
Conmueve así la atención que merecen huérfanos y viudas en el Éxodo, la importancia del socorro a los pobres en el Deuteronomio y Levítico o las denuncias de los profetas Isaías y Jeremías («De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra»).
Sionismo no es sinónimo de judaísmo, sino su exacerbación nacionalista (lo más opuesto a ecumenismo), que explica que el presidente de Israel se atreva a hablar de todos los judíos, incluidos los de la diáspora. Y es que esto no va solo de religión; y sí de nacionalismo y supremacismo, con ramificación económica que culmina en la obscena pretensión de convertir Gaza en un resort, donde lo religioso es sólo un pretexto
Todas estas prescripciones censuran lo que a todas luces no es una decisión del pueblo judío en su conjunto, sino de un gobierno genocida que se arroga cínicamente la representatividad de todo el judaísmo, que el mensaje ecuménico de la Iglesia en el siglo XXI debería combatir.
Porque sionismo no es sinónimo de judaísmo, sino su exacerbación nacionalista (lo más opuesto a ecumenismo), que explica que el presidente de Israel se atreva a hablar de todos los judíos, incluidos los de la diáspora. Y es que esto no va solo de religión; y sí de nacionalismo y supremacismo, con ramificación económica que culmina en la obscena pretensión de convertir Gaza en un resort, donde lo religioso es sólo un pretexto.
Como pretexto es el recurso del holocausto, la gran trampa discursiva del gobierno israelí para justificar sus atrocidades, sin caer en la cuenta de que no cabe mayor aberración que utilizar políticamente un holocausto del que se fue víctima para legitimar la perpetración de otro.
Poco alentador resulta también que pese a la barbarie de lo que está ocurriendo, en democracias occidentales, como la española, máximos exponentes del partido mayoritario, con pretendidas señas democristianas, se pierdan en ambages al pronunciarse sobre la cuestión. Como ha hecho el alcalde de Madrid, a quien habría que recordar que, aunque es la Corte Penal Internacional exclusivamente quien habrá de juzgar y condenar (en su caso) por genocidio, no es verdad que sea la única que pueda y deba condenar moral y políticamente, o incluso calificar, lo que está ocurriendo. Lo contrario no deja de ser un blanqueamiento obsceno que, procedente de personas cualificadas jurídica y políticamente, puede llevar a la opinión pública a pensar que quizá no es tan grave lo que está pasando.
Más allá del debate nominal, nada desdeñable, dada la importancia de las palabras, no cabe idea más perversa que la de considerar que no se debe politizar lo que es esencialmente político, por implicar el mayor daño que se puede afligir al conjunto de la humanidad: violar los derechos humanos perpetrando un genocidio.
Por todas estas razones, no debería escandalizar a nadie, ni ser noticia, la imagen de una bandera palestina a los pies de Cristo. En todo caso, lo que sí debería escandalizar y sonrojar sería lo contrario.
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