Opinión | Tribuna
Tomar apuntes
En nuestras aulas ha desaparecido la costumbre de tomar apuntes, en su lugar impera la práctica del Classroom, del Teams o de cualquier plataforma digital que sirve a los alumnos nada más que de recipiente de la pereza y el olvido

Apuntes / EL PERIÓDICO
Mi generación llegó al bachillerato muy herida por el clasismo del colegio en el que cursamos los ochos años de la E. G. B. y por la grisura de una enseñanza que todavía se basaba en el lema de «la letra con sangre entra». El bachillerato era entonces una dura travesía que no todos superaban, ni siquiera el primer curso.
Tomar apuntes comportaba el hecho de que él hablara libremente de su materia, mientras que nosotros copiábamos en los folios lo que nuestra memoria y nuestra agilidad daban de sí con respecto a la cadencia de su exposición
Uno de mis profesores de literatura de aquella época daba sus clases por apuntes, sin libro de texto. Para nosotros era una novedad insólita y quizás demasiado exigente a nuestras costumbres. Tomar apuntes comportaba el hecho de que él hablara libremente de su materia, mientras que nosotros copiábamos en los folios lo que nuestra memoria y nuestra agilidad daban de sí con respecto a la cadencia de su exposición. Y lograr buenos apuntes representaba una aptitud que tampoco estaba al alcance de todos, cosa que quedaba más patente aún al entrar en la universidad.
Por aquellos años había la costumbre en España de que los jóvenes aprendiéramos mecanografía. Era un modo de prepararse para el deslumbrante futuro que nos aguardaba. Había quienes, después de las clases, con paciencia y dedicación, pasaban sus apuntes manuscritos a limpio, con la máquina de escribir, o a mano, o presentaban mecanografiados sus trabajos de clase. Todo era esfuerzo y afán, y absorbíamos la cultura mediante la letra impresa, la letra trabajada.
De este modo habíamos adoptado y desarrollado una técnica que nos iba a servir no solo para el ámbito académico -la universidad-, sino para nuestra propia vida, en la medida en que habíamos asumido un procedimiento que aportaba a la memoria, a nuestra capacidad de hombres y mujeres del mañana y a nuestra disponibilidad para desenvolvernos en el mundo, un valor hoy inexistente, sobre todo dentro de un sistema educativo fosilizado en lo memorístico, pero, al mismo tiempo, desnortado en cuanto a la promoción y conservación de ciertos recursos que han servido de columna vertebral en la enseñanza académica durante mucho tiempo.
En nuestras aulas ha desaparecido la costumbre de tomar apuntes conforme al discurso del profesor -ni siquiera al dictado- y en su lugar impera la práctica del Classroom, del Teams o de cualquier plataforma digital que sirve a los alumnos nada más que de recipiente de la pereza y del olvido.
Diego Fernández es profesor de Lengua y Literatura
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