Opinión | Con permiso de mi padre
Mientras me dejen
Ahora, sin embargo, parece que hay temas prohibidos, palabras vetadas y posiciones que si se defienden en exceso llevan al destierro social

Comunicación. / Leonard Beard
Eso de la cancelación ya se ha instalado entre nosotros y algunos han asumido con total normalidad (y alborozo) que se puede borrar —incluso de un tiro en el cuello, como hemos visto hace poco— a quien no opine lo que se considera «la verdad sin matices».
No hablamos de un fenómeno lejano, ni de una moda exclusivamente digital, sino de algo que ya forma parte del aire que respiramos, esa sensación que te obliga a mirar de reojo antes de expresar cualquier opinión.
Durante años nos enseñaron que el debate consistía en escuchar al otro y que aprender a disentir era la base de la convivencia democrática. Escuchar, reflexionar, rebatir. Ahora, sin embargo, parece que hay temas prohibidos, palabras vetadas y posiciones que si se defienden en exceso llevan al inmediato destierro social. No hay matices, no hay preguntas, no hay espacio para la duda. Juicio inmediato, pena inmediata. Sin apelación posible.
Ambiente de cancelación
Este ambiente de cancelación no sólo afecta a quienes tienen posiciones mediáticas o abanderan causas polémicas. Está presente en las sobremesas familiares, en los grupos de trabajo y hasta en la barra del bar. Nadie quiere ser el raro, el que lleva la contraria.
Así, la sociedad se va llenando de silencios incómodos, de ideas que se piensan pero no se dicen, de gente que opta por callarse para evitar la etiqueta, el linchamiento verbal, o la expulsión de ese pequeño grupo social que nos da sentido.
Sería ingenuo negar que hay discursos y prácticas que deben ser rechazados con firmeza. No todo vale y la convivencia exige ciertos límites. Pero lo preocupante es que ese rechazo se haya convertido en una herramienta de censura general, en una especie de botón rojo que unos pocos, unilateralmente y siempre los mismos, deciden pulsar sin preocuparse por las consecuencias humanas. Convertimos el disenso en peligro, y ahí perdemos todos: perdemos riqueza, perdemos debate, perdemos ciudadanía.
Porque la cancelación no solamente afecta a personas, ideas o trayectorias: elimina el futuro. Porque una sociedad que no permite hablar, que no soporta el desacuerdo, que no confía en que cada uno pueda (y deba) pensar diferente, está condenada a alimentar la intolerancia. Y esa es la mayor tristeza: que, a base de “cancelar”, terminemos por dejar de escucharnos.
Al final, queda una pregunta simple y honda: ¿qué espacio le dejamos al otro cuando creemos que solo lo nuestro merece existir? Quizá debamos volver a reivindicar el derecho a equivocarnos, a aprender, a debatir y hasta a cambiar de opinión. Recuperar la cultura de la palabra frente al silencio interesado. Porque, de lo contrario, corremos el peligro de que aquello que nos une termine siendo solo lo que nos callamos. Yo, mientras pueda, elijo seguir opinando. Feliz lunes.
Mercedes Barona es periodista
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