Opinión
Pragmatismo y educación
La actitud de los padres cuando sus hijos compiten en deporte

Un campo de fútbol municipal. / Toni Gudiel
El salto que las relaciones sociales han dado en nuestra historia, ha sido espectacular, y de forma especial las referidas al deporte competitivo, todos los fines de semana los padres, se mueven en todas las direcciones cual taxistas, para acercar a sus hijos e hijas, a sus encuentros semanales, nadie se libra de estos acontecimientos, creciesen y crecen, cada día más regulados, con reglamentos específicos y con ello más oficiales y serios, de aquí que los padres, amén de acercarlos a los distintos campos de juego, se queden acompañando a su prole, por observar como lo pasa, como lo disfruta y como lo ejecuta, «porque los padres normalmente saben de todos los deportes más que los hijos».
¿Y los hijos que pintan en esto?, desde la decepción a la exaltación familiar, pero siempre atascados emocionalmente; sin saber pensar por su cuenta, sin capacidad para reflexionar, sin que su capacidad crítica surja, comiéndose lo bueno y lo malo, sin permitirse ser él
Obviamente el deporte protagonista por excelencia es el fútbol, es más universal y por ello más conocido, de tal forma que incita más a la participación, siempre con la fantasía de promoción, porque se promociona todos los años, y eso puede llevar a poder jugar algún día en un equipo significativo. Esto, sin lugar a dudas, exige de los padres, padre y madre, una implicación más próxima y exigente, que se convierte en presión más o menos demandadora, pasando de, «hoy lo has hecho bien, pero lo puedes hacer mejor», hasta «eres muy bueno y no te lo crees», «puedes llegar lejos si te relajas», «juega como tú sabes y lo conseguirás», «hoy ha sido vergonzoso, dos ocasiones que te han puesto claras para meter gol, y has fallado las dos, vergonzoso»; y todo esto sin relatar los diferentes discursos al árbitro y auxiliares, o los enfrentamientos que las decisiones de estos proyectan sobre la grada, donde los padres pueden ir, desde el intercambio de unas palabras groseras, al enfrentamiento físico más grosero. ¿Y los hijos que pintan en esto?, desde la decepción a la exaltación familiar, pero siempre atascados emocionalmente; sin saber pensar por su cuenta, sin capacidad para reflexionar, sin que su capacidad crítica surja, comiéndose lo bueno y lo malo, sin permitirse ser él, al pretender ofrecer lo que se le pide, porque el mensaje está claro, vales, puedes, lo has de demostrar. ¿Y cómo se hace eso, cuáles son sus capacidades, habilidades e incluso inteligencia específica y perfil de su personalidad? Porque cada joven es diferente, y a la hora de gestionar mensajes, mantienen cierta disciplina que normalmente se anarquiza, cuando una autoridad moral se impone.
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