Opinión | Con permiso de mi padre
La dignidad al aire libre
Sí, existe la soledad, hay quien la sufre disfrazada de paz y quien la combate con tertulia espontánea y «bueno, me voy que ya refresca»

Mayores en un banco / Rafa Arjones
Es otoño y están los parques llenos de vida, de gente disfrutando de estos ratos de sol (a veces excesivo), de los últimos días largos antes del cambio de hora. Y hay, sobre todo, ancianos sentados en los bancos, a veces en grupos, a veces sin compañía, aprovechando que aún pueden, sin abrigo ni paraguas, simplemente salir a ver cómo pasa el mundo alrededor.
Cada vez vivimos más y cada vez, en general, en mejores condiciones de salud. Pero muchas personas están solas y ese ratito en la calle es su única conexión real con el resto de la humanidad.
No sé si por la crisis, por la tarifa eléctrica o por pura resistencia generacional, pero un parque es el mejor salón social sin necesidad de pedir turno ni consumir nada. Ahí encuentras a la auténtica aristocracia del lugar: señores con boina que llevan toda la vida ocupando el mismo banco, como diseñado a medida para su espalda y sus historias, y señoras que se arreglan para esa cita con nadie y con todo el mundo, porque quieren seguir estando bonitas y dignas para ellas mismas.
Un parque es el mejor salón social sin necesidad de pedir turno ni consumir nada. Ahí encuentras a la auténtica aristocracia del lugar: señores con boina que llevan toda la vida ocupando el mismo banco, como diseñado a medida para su espalda y sus historias, y señoras que se arreglan para esa cita con nadie y con todo el mundo, porque quieren seguir estando bonitas y dignas para ellas mismas
Algunos van solos, no porque quieran, sino —dicen— para disfrutar del sosiego, que es la forma educada de llamar a la soledad cuando ya no queda más remedio.
La media de conversación anda entre el parte meteorológico y la crítica social fina: “Este sol no es normal, esto en mis tiempos era lluvia, fijo”. Pero lejos de preocuparse por el cambio climático, lo que de verdad les inquieta —sabiduría— es que el cambio de hora les robe el último café en la terraza.
El drama no está en la edad, sino en la perspectiva: para alguno, dar la vuelta al parque cuenta como hacer deporte, y si encuentran a quien aguante su anécdota, pues el día les compensa.
No quiero romantizar la vida al aire libre, que tengo alergia a los tópicos, pero me cuesta no admirar a quienes, teniendo motivos y achaques para quedarse en casa, eligen cada día ese ratito de humanidad, de ver pasar la vida. Porque al final, lo de envejecer bien consiste en encontrar quien te escuche, aunque sea para contar que el otoño ya no es lo que era (ni los bancos, cada vez más modernos e incómodos, tampoco). Así que sí, existe la soledad, hay quien la sufre disfrazada de paz y quien la combate con tertulia espontánea y «bueno, me voy que ya refresca». Pero hay una dignidad y un arte en esos mayores que, paraguas en mano o bufanda al cuello, retan al frío del calendario para demostrar que la vida sigue pasando… aunque cada año lo haga un poco más deprisa.
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