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Opinión | Textamentos

La IA, utopía o apocalipsis

Tal vez la solución sea la de siempre: entregarnos al doble juego y subirnos a lomos de la IA mientras nos quejamos de la deshumanización

Ilustración sobre inteligencia artificial

Ilustración sobre inteligencia artificial

Los peligros de la inteligencia artificial son tema de debate día sí día también. Tanto preocupa el asunto, que la ONU ha impulsado un marco multilateral para asegurar que su desarrollo sea ético, inclusivo y sostenible. Y en esa línea inauguró, a finales de septiembre, el Diálogo Global sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial, un nombre tan largo como pomposo para un proyecto que, por decirlo en román paladino, luchará por que esta novedosa creación no acabe comiéndose a su creador.

Hasta que pasen varios años y IA deje de ser ese cachorro díscolo y asilvestrado que al menor descuido se entrega a destrozar a mordiscos el sofá del salón, la actitud generalizada se dividirá, como es norma en nuestra polarizada sociedad, en fieles adeptos y en desmoralizados agoreros, es decir, por un lado los tristes que consideran que la IA acabará con la humanidad y, por otro, los entusiastas que creen poco menos que la verdadera humanidad comienza con ella.

Para las personas mayores, la IA supone la puntilla que separa irremediablemente al ser humano de la vida sencilla de antaño, esa que yo mismo conocí en mi infancia de botijos, sillas de mimbre a las puertas de las casas o afiladores en las calles que ponían a punto los cuchillos

En cualquier caso, ya que ha venido para quedarse, debemos acostumbrarnos a disfrutar de sus ventajas y a sufrir sus inconvenientes. En este último apartado ya es una realidad incuestionable la pérdida de puestos de trabajo, ya sea porque algunas personas son reacias a aprender a usarla o porque ciertas profesiones están siendo sustituidas por programas como ChatGPT.

Para las personas mayores, la IA supone la puntilla que separa irremediablemente al ser humano de la vida sencilla de antaño, esa que yo mismo conocí en mi infancia de botijos, sillas de mimbre a las puertas de las casas o afiladores en las calles que ponían a punto los cuchillos.

El reparto está hecho: el futuro esperanzador es para los utopistas y la memoria del pasado idílico, para los apocalípticos. Tal vez la solución sea la de siempre: entregarnos al doble juego, que tan bien se nos da, y subirnos a lomos de la IA mientras nos quejamos de su incorregible deshumanización.

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