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Opinión

El precio de ignorar la educación financiera

Una sociedad financieramente formada comete menos errores, resiste mejor las crisis y reduce la presión sobre los sistemas públicos

HUCHA ROTA

HUCHA ROTA / A. E.

Cada inicio de curso escolar reabre una cuestión que sigue sin resolverse: la ausencia de la educación financiera en el currículo académico. No tratándose de un añadido opcional ni de un capricho teórico, el dinero atraviesa todas las etapas vitales y condiciona tanto las decisiones individuales como el rumbo colectivo. Relegar esta formación a talleres esporádicos o a actividades transversales equivale a negar una herramienta esencial para desenvolverse en un mundo complejo.

El 6 de octubre —como cada primer lunes de octubre, desde hace más de una década— se celebró el Día de la Educación Financiera bajo el lema «Infórmate. Planifica. Decide». Impulsada por el Banco de España, la CNMV y el Ministerio de Economía, esta iniciativa recuerda que la planificación financiera es un pilar de estabilidad personal. La efeméride evidencia, al mismo tiempo, que el sistema educativo sigue sin incorporar de forma obligatoria una materia clave para el futuro de los ciudadanos.

Las consecuencias de esta carencia son visibles. Informes como PISA, la Encuesta de Competencias Financieras y Eurostat muestran que una parte significativa de la población española, incluso con formación universitaria, desconoce conceptos básicos de ahorro, deuda o inversión. Ello se traduce en errores graves: créditos contratados en condiciones abusivas, falta de previsión para la jubilación, vulnerabilidad ante fraudes o sobreendeudamiento familiar. La crisis financiera de 2008, el episodio de las preferentes o el caso del Fórum Filatélico y Afinsa son recordatorios de los costes de actuar sin conocimiento.

Una parte significativa de la población española, incluso con formación universitaria, desconoce conceptos básicos de ahorro, deuda o inversión. Ello se traduce en errores graves: créditos contratados en condiciones abusivas, falta de previsión para la jubilación, vulnerabilidad ante fraudes o sobreendeudamiento familiar

Conviene aclarar que la educación financiera no sustituye a la supervisión regulatoria ni al asesoramiento profesional. Pero dota de una brújula mínima para diferenciar entre opciones razonables y riesgos desproporcionados. Ignorarla perpetúa desigualdades: quienes crecen en hogares con cultura financiera parten con ventaja, mientras que otros afrontan la vida adulta desarmados.

La objeción de que el currículo está saturado resulta endeble. Las finanzas pueden vincularse a las matemáticas (interés compuesto, porcentajes), a la historia (ciclos económicos, comercio), a la ética (responsabilidad social) o a la tecnología (criptografía en pagos digitales). Pero esta transversalidad debe apoyarse en una asignatura propia, estructurada y evaluable. Del mismo modo, esperar a la edad adulta para aprender es un contrasentido: se enseña biología antes de la pubertad y educación vial antes de conducir.

En un contexto de digitalización de pagos, criptoactivos, precariedad laboral y envejecimiento poblacional, formar en finanzas desde edades tempranas no es un lujo, es una necesidad. Una sociedad financieramente formada comete menos errores, resiste mejor las crisis y reduce la presión sobre los sistemas públicos.

La educación financiera no garantiza la prosperidad de todos, pero sí asegura decisiones más conscientes y ciudadanos más libres. Y esa es, en definitiva, la auténtica riqueza de una sociedad.

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