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Opinión

Las ventanas rotas

Redes sociales

Redes sociales / Beatriz Nava-Efe

En 1982, los criminólogos americanos James Q. Wilson y George Kelling publicaron en el bostoniano diario The Atlantic Monthly su teoría de las ventanas rotas, que parte de que, si en un edificio se deja una ventana rota sin reparar, pronto estarán todas rotas, lo que les lleva, ya en profundidad, a establecer una relación entre el abandono en una comunidad y el índice delictivo. No voy a ir yo tan lejos en lo delictivo, pero sí creo que compartirán conmigo los lectores que cuando en determinadas calles o zonas se esparce basura, o se abandonan las heces de los perros, a medida que pasa el tiempo la basura se hace mayor, como si la suciedad no recogida fuese una incitación a arrojar más y una especie de patente de corso para que sigamos arrojando más basura sin ni siquiera tener mala conciencia. Total, si ya está sucio, poco importa que yo arroje el paquete de tabaco, la bolsa de basura, o no recoja las heces de mi perro. ¿Qué más da, si parece que a nadie parece afectarle? Evidentemente, los responsables de la suciedad son quienes arrojan desperdicios donde tienen a bien, pero también es evidente que los responsables del abandono son quienes tienen el deber de cuidar la higiene de las zonas urbanas y rurales.

Un político, un personaje público, o un “influencer”, tan de moda, suelta la primera barbaridad que se le ocurre y, como no pasa absolutamente nada, con automatismo empiezan a aflorar más barbaridades en una especie de competición a ver quién la dice más grande

Esta teoría de las ventanas rotas, sin llegar a la ligación con el delito, insisto, bien puede aplicarse a la polarización que nos está invadiendo cada día. Un político, un personaje público, o un “influencer”, tan de moda, suelta la primera barbaridad que se le ocurre y, como no pasa absolutamente nada, con automatismo empiezan a aflorar más barbaridades en una especie de competición a ver quién la dice más grande. De este modo, al igual que con las calles que parecen “cagódromos” de perros, el ambiente se va haciendo más hediondo y más irrespirable, lo que, indefectiblemente, ya que nadie parece acudir a limpiar, nos lleva a abandonar el sitio; o sea, a los políticos y demás pléyade de tres al cuarto, lo que no conduce al delito, pero sí a la desafección, que es casi más grave para la democracia.

Frente a lo que ocurre en la teoría de las ventanas rotas, donde unos son los que rompen y otros los responsables del mantenimiento, en política se produce una dualidad: los mismos que tienen la responsabilidad de mantener el buen orden democrático son quienes lo revientan con sus soflamas chabacanas y sus bravatas tabernarias, lo que me lleva a pensar que o son unos inconscientes, o son unos imbéciles, o las dos cosas a la vez, ya que están socavando con sus barbaridades el estado democrático del que viven y que juraron defender. Y esto sí que debiera incorporarse al Código penal como delito de lesa inmoralidad.

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