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Opinión | Extremadura desde el foro

El año de las (pocas) luces

Dos apagones, sucesivos y cómplices

TRABAJADORES DE LA CENTRAL NUCLEAR DE ALMARAZ SE MANIFIESTAN CONTRA EL CIERRE

TRABAJADORES DE LA CENTRAL NUCLEAR DE ALMARAZ SE MANIFIESTAN CONTRA EL CIERRE / Santi Garcí­a

En este año hemos vivido, al menos, dos apagones, sucesivos y cómplices. Y esperemos que no vivamos un innecesario remake, aunque las inquietantes noticias provenientes de Red Eléctrica sobre la detección de nuevas inestabilidades en nuestro sistema no alivian. Para mayor escarnio, se trabaja en un tercer apagón, tan problemático como los dos primeros, conformando una terrible trilogía.

El primero es el que se ha apropiado del nombre: el gran apagón. Una calamidad, una negligencia o un accidente, lo cierto es que a día de hoy está lejos de haber sido completamente explicado. Sí, seguro asistimos a una ronda de posibles culpables y señalamientos cruzados que, entretenimiento aparte, no tiene ninguna utilidad. En un estado de derecho y en una economía avanzada como es España, un asunto de este calibre, histórico, y con altas repercusiones sociales y económicas debía haber sido públicamente investigado, ampliamente revelado en causas y soluciones, y, desde luego, generado responsabilidades.

Extremadura asiste impotente ante el programado cierre de la central nuclear de Almaraz. Muchos dicen que la vida útil de la central ya se cumple, lo cual es cierto. Pero no parece razón suficiente si la infraestructura aún puede ser útil. Este apagón se produce bajo la perezosa verdad de un mantra, la transición ecológica, que como buen dogma no acepta matices

Lo que nos lleva al segundo de los «cortes»: la total ausencia de asunción de responsabilidad por la gestión. Me resulta del todo inexplicable que (salvo que seas un cargo del partido) nos conformemos con señalar al otro lado, o, peor escenario aún, entremos en la espiral de «yo no dimito hasta que lo hagas tú». La concurrencia de obligaciones y competencias, que ha existido, no minora la responsabilidad desde el punto de vista cívico. Si acaso, la exacerba. Como ciudadanos, ¿no podemos confiar en que dos administraciones de distinto nivel respondan frente a una emergencia? ¿Se han puesto en marcha iniciativas para solventar la falla de coordinación entre administraciones? ¿Estamos, meses después, mejor preparados para un suceso de similar naturaleza? Me temo que ni siquiera hay respuestas para estos interrogantes.

El tercero, afecta, y gravemente, a mi tierra. Extremadura asiste impotente ante el programado cierre de la central nuclear de Almaraz. Muchos dicen que la vida útil de la central ya se cumple, lo cual es cierto. Pero no parece razón suficiente si la infraestructura aún puede ser útil. Este apagón se produce bajo la perezosa verdad de un mantra, la transición ecológica, que como buen dogma no acepta matices. Su imposición sobre la práctica choca con la realidad de un país que requiere de la nuclear para dotar de la necesaria estabilidad al sistema y de cuantiosos consumos de gas (cuando no, de importación de energía). Europa apuesta además por mantener la nuclear, en una suerte de transición “ralentizada” que permita aunar otros dos objetivos que compiten en importancia con la sostenibilidad medioambiental: la reducción de costes energéticos en una Europa infra industrializada y la defensa de zonas económicas que explotan infraestructuras de este tenor. Sin alternativas viables para un área como el Campo Arañuelo (y por extensión a la región y al país) suena a una imposición más fanática que razonada.

Pareciera que se nos apagan las luces de la mirada crítica y la exigencia del respeto hacia los recursos públicos. Mala señal.

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