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Opinión | Trazos y travesías

Volver a lo primario

Vistas de un pueblo

Vistas de un pueblo / Perales Iborra

Despertar con un gallo recitando su cocorocó del alba. Por el espacio a media asta de la ventana se cuela el olor a campo abonado por ovejas tempraneras. La vista se va acostumbrando al claror todavía desde la cama y distingue las ramas del olivo que espera reposado apuntando al cielo.

Amanece despacio. Antes de asomarse el sol en su completitud, ruedas de camionetas recorren surcos pavimentados por la rutina. La polvareda acumulada en las traseras de las casas de las afueras se ensancha al paso de los trabajadores del campo destino hacia sus terrenos, todos los días los mismos, pero siempre distintos.

El horizonte llano colisiona con una montaña a lo lejos. Analizar las formas, los colores cambiantes del mudarse de las horas, las nubes irse y venir desde latitudes desconocidas hacia quién sabe dónde, para disiparse y desaparecer y quedarse en nada.

El calendario transcurre acompasado con rituales y ritmos colectivos en el mundo rural. Mudarse a una zona de la España vaciada deviene en un vínculo placentero con lo esencial: volver a caminar hacia donde nos esperan, nombrar a quienes nos atienden detrás de un mostrador donde aún se fía, desear buena tarde al pasar por el mero placer de saludar

Por la tarde, los gatos, detectives públicos del barrio, rondan a las señoras gallinas, gustosas de traer, llevar y ahuecarse teñidas en tonos de fuego. Las chicharras también abandonan sus placentas bajo tierra para lanzarse a procrear sin complejos, anunciando su disponibilidad amorosa a través de un sonido repetitivo e indiscreto; poco les importa nuestra opinión sobre ellas.

El calendario transcurre acompasado con rituales y ritmos colectivos en el mundo rural. Mudarse a una zona de la España vaciada deviene en un vínculo placentero con lo esencial: volver a caminar hacia donde nos esperan, nombrar a quienes nos atienden detrás de un mostrador donde aún se fía, desear buena tarde al pasar por el mero placer de saludar.

La urbe, esa mole de cemento anexionado a más cemento, que algún día fue casa, se antoja un ente extraño con códigos difíciles de manejar. La lucha de las identidades individuales, la multiplicidad de planes caros disfrazados de libre elección, los minutos muertos hacia destinos demasiado transitados abruman a aquellos que le hemos perdido el pulso a los debates y los ritmos propios de la ciudad.

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