Opinión | Con permiso de mi padre
Dejemos de demonizar lo privado
Cada vez que la sanidad pública abre puertas a la investigación de laboratorios privados, la ciencia avanza más deprisa. Cuando las escuelas públicas recurren a empresas tecnológicas para dotarse de mejores recursos, el aprendizaje se enriquece

Sanidad privada. / EL PERIÓDICO
Hay debates que cansan y, sinceramente, siento que este es uno de ellos: esa manía de ver el mundo en bandos, como si hubiera que elegir entre lo público y lo privado, como si apoyar a una parte equivaliera a traicionar a la otra.
Y es que el reproche continuo a la iniciativa privada no obedece tanto a un amor por la justicia social como a una especie de desconfianza existencial, envidia incluso (y no existe envidia buena). Como si detrás de cada pequeño negocio hubiera un villano explotador de novela, cuando en realidad se trata de gente cercana: la modista que cose en su taller, el agricultor que cuida sus tierras, la profesora de la academia de idiomas del barrio. En Extremadura, por ejemplo, la mayoría de nuestro tejido productivo son pymes y autónomos. Gracias a ellos, y a esos empleos que con tanto empeño sostienen, pagamos hospitales, colegios, bomberos y todo lo que a veces damos por sentado.Porque no olviden que el Estado no produce, sólo gestiona o ayuda al crecimiento, y que lo público no es gratis, lo mantenemos con los impuestos que pagamos religiosamente.
¿Y si empezamos a mezclar? ¿Y si dejamos a un lado esa visión en blanco y negro y apostamos por sumar esfuerzos? Piénsenlo. Cada vez que la sanidad pública abre puertas a la investigación de laboratorios privados, la ciencia avanza más deprisa. Cuando las escuelas públicas recurren a empresas tecnológicas para dotarse de mejores recursos, el aprendizaje se enriquece.
Quien teme abrir la puerta a lo privado, quizá tematambién a la posibilidad de perder ciertos privilegios. Pero lo cierto es que podemos combinar lo mejor de ambos mundos: la garantía de la universalidad que da lo público, y la eficacia, inversión y creatividad que suele aportar lo privado. Nadie es rehén de nadie cuando hay reglas claras, contratos bien vigilados y controles adecuados. Al contrario, cuando hay colaboración, hay mayoresoportunidades de innovación y más posibilidades de resolver rápido problemas crónicos.
Vivir en un entorno donde solo manda el mercado sería injusto y agotador. Pero depender únicamente del Estado puede llevarnos a otro extremo igual de peligroso: quedarnos atrapados en la burocracia, el conformismo, la falta de recursos. Lo privado ayuda a llegar donde el Estado no puede o no sabe, o incluso no debe, y refuerza la libertad: la de elegir, la de innovar, la de mejorar.
Quizá sea hora de dejar de discutir y empezar a cooperar. Dejar que la suma multiplique y no reste, para que esa Extremadura de pequeños negocios y grandes servicios sea más libre, más moderna y, sobre todo, más nuestra. Porque al final, lo que importa es que la vida funcione. Sin etiquetas ni prejuicios.
Mercedes Barona es periodista
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