Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Café filosófico

Extremadura, propiedad privada

Nuestra comunidad no puede ser una finca para disfrute de unos cuantos

Imagen de archivo de un ciervo en el Parque Nacional de Monfragüe.

Imagen de archivo de un ciervo en el Parque Nacional de Monfragüe. / Eduardo Palomo / Efe

Si pone usted sus ojos soñadores sobre cualquier rincón del mapa extremeño verá, perfectamente localizados, viejos castillos medievales, románticos monasterios en ruinas, espectaculares dólmenes, enigmáticas pinturas rupestres, castros misteriosos, lujosas villas romanas, árboles singulares y parajes naturales de recóndita y secreta belleza. La única pega es que, a menos que le vaya saltarse vallas, incumplir leyes y huir de toros y mastines, difícilmente podrá visitar la mayoría de esos monumentos.

Porque en esta santa región todo, casi absolutamente todo, es propiedad privada y, salvo raras excepciones limitadas a los monumentos más conocidos, es prácticamente imposible visitar lo que prometen los mapas (y hasta los propios folletos turísticos) sin toparse con la puerta de una finca cerrada a cal y canto, o sin que el propio camino se difumine o cierre invadido por la maleza, el surco del tractor o un vallado no previsto. ¡Dudo que haya región de España donde se consuma más alambre de púas que aquí!

Y no se trata de desalambrar y repartir la tierra, por Dios, y menos ahora que vuelve la moda, entre las grandes fortunas, de comprarse un latifundio en Extremadura (cosas del «país comunista» en el que, según algunos, vivimos). Se trata de que si tienes la suerte (o incluso el mérito, si tal cosa existe) de poseer un castillo del siglo XV o una finca con restos históricos, compartas ese bien permitiendo visitas limitadas, a cambio, por ejemplo, de que se te ayude a conservarlo o, simplemente, del honor de ofrendar a tus conciudadanos un bien patrimonial.

Sobra decir que muchos de esos bienes, y los correspondientes accesos, tendrían que ser de titularidad pública. La propiedad privada no debe ser (ni de hecho es) irrestricta. Además, y salvo en edificios históricos a restaurar, adquirir y mantener esos bienes no tendría por qué representar una inversión desproporcionada. Aunque con cualquiera de los dólmenes, castros o ruinas romanas que tenemos tirados por ahí montarían, en otros países, un complejo turístico, aquí no haría falta tanto. Bastaría con negociar un acceso y un régimen de visitas con los propietarios, disponer una estructura básica y fácil de mantener (sistemas de vigilancia a distancia, paneles con información digital) y organizar grupos de voluntarios y guías locales (hay gente encantada de mostrar a los visitantes el patrimonio cultural de su comarca). Es lo que toca si, además de permitir el acceso de todos a lo que deberían ser bienes comunes, queremos que Extremadura sea un destino turístico de primer orden

Mientras, no estaría mal mantener libres y utilizables los caminos públicos, las cañadas, los cordeles, las servidumbres de paso o los accesos a las riberas de los ríos (algo a veces imposible); limitar o prohibir la caza en los parques naturales y, por supuesto, en los nacionales como Monfragüe (aventurarse en ellos cuando se abre la veda o se realizan batidas es jugarse literalmente la vida); y transmitir a las nuevas generaciones la belleza y la riqueza cultural que guardan todos esos lugares mágicos… ¡pudiéndoles llevar a ellos! Es lo menos que se despacha en una región que pretenda ser algo más que una finca para disfrute de unos pocos privilegiados.

Tracking Pixel Contents