Opinión | Tribuna
La literatura juvenil en la enseñanza
En sustitución de toda una tradición cultural, la literatura para adolescentes se impone en las lecturas obligatorias

Un aula escolar. / EL PERIÓDICO
Un país que no conoce su literatura está condenado al esperpento. La Filología Hispánica se creó, como toda ciencia, con un afán de estructurar y analizar un campo epistemológico: la historia de la lengua y la literatura españolas desde sus orígenes hasta hoy. La lástima es que nadie nos transmitiera, a quienes optamos por esta formación universitaria, otra idea distinta que la de dedicar esos esfuerzos a la enseñanza, que ya no necesita de ningún filólogo. Ese ámbito lo componen lo que se conoce como «los clásicos», es decir, toda una tradición que empieza en el Cantar de Mio Cid y las jarchas y llega hasta la última novela de Vargas Llosa.
En la E. S. O. y el bachillerato han desaparecido o llevan camino de desaparecer las lecturas de estas obras en favor de la literatura juvenil, un canon conformado, salvo excepciones, por libros dirigidos a un público no exigente y alentado por un sistema de enseñanza pública que se ha construido desde 1990 con materiales de derribo y se ha olvidado hace tiempo de su acervo cultural, y al que poco le importan La Celestina, La Regenta o El Quijote, ni el efecto que pueda causar ese legado en los espíritus jóvenes. Hay quienes con diecisiete años leímos el texto de Rojas en una edición íntegra y sin notas explicativas, y fuimos conscientes de la fuerza de su lenguaje sin necesidad de asimilar cabalmente su sintaxis ni el sentido de innumerables pasajes.
Tradición cultural
En sustitución de toda una tradición cultural, la literatura para adolescentes se impone en las lecturas obligatorias u optativas de la E. S. O. y el bachillerato como un producto acrítico, cuyo fin no parece ser otro que el de narcotizar los estímulos de los cerebros jóvenes. Este tipo de lecturas debería establecerse solo en determinados contextos, y no como norma común.
Si hubiera un sistema que lo avalara dignamente, un profesor de lengua y literatura debería transmitir el sonido y la furia de ese formidable fenómeno que es la literatura en lengua española. A un profesor el sistema debe refrendarlo para que saque de una conciencia aletargada por la tecnología de las pantallas el máximo rendimiento que a esa conciencia le permitan sus límites. Y alejar de las claras líneas de demarcación cultural a la condescendiente literatura juvenil, ajena a los modelos históricos que han contribuido, por su exigencia y relevancia, a elaborar la tradición hispánica. Entendámoslo: el gusto se educa.
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