Opinión | Con permiso de mi padre
El silencio que consiente
Los adolescentes sufren mucho más cuando son acosados porque a su propio desconcierto vital se suma el miedo, la indefensión y la angustia

Bullying. / EL PERIÓDICO
Siempre ha habido abusones. En este caso también diré abusonas, para que no haya duda de que no es algo determinado por el sexo de las personas, sino por la manera de ser y actuar, ellos y ellas. Hay quien abusa físicamente, porque tiene más envergadura, más fuerza o simplemente menos escrúpulo en enfrentarse cuerpo a cuerpo. Pero también hay quien emplea el abuso psicológico, en unas ocasiones de forma sutil y en otras descaradamente.
No es una conducta propia sólo de la adolescencia: hay quien sigue ese protocolo a lo largo de toda su vida; sin embargo, por la natural fragilidad de esos años, los adolescentes sufren mucho más cuando son acosados, porque a su propio desconcierto vital se suman el miedo, la indefensión, la soledad y la angustia.
Alguien que lo perpetre
El acoso necesita de alguien que lo perpetre, de alguien que lo sufra… y de un entorno que, cuando no jalea y acompaña, mira para otro lado. Pero ocurre que en este mundo híper conectado lo que antes se vivía casi en la intimidad se magnifica, se expande y llega hasta el último rincón del planeta. Y como nadie quiere ser víctima, muchos optan por ser espectadores.
Y se habla mucho de que los centros educativos lo permiten, que no se ponen las medidas. Verán ustedes: en la mayoría de los casos, los profesores no son omniscientes, y muchas veces ni son conscientes de lo que ocurre en el aula. Que habrá quien prefiera ignorarlo, no lo dudo. Pero no es un pasotismo generalizado, a pesar de que están bastante limitados a la hora de atajarlo.
Porque el bullying (ay, los anglicismos) no acaba cuando suena la sirena, ni cuando cambian de etapa, ni siquiera con la llegada a la edad adulta. Simplemente varía el escenario. En los institutos se manifiesta con motes o empujones; en los entornos laborales, con silencios o desprecios estratégicos; en las redes, con la impunidad de los anónimos. Cambia el decorado, pero la historia es la misma: alguien ejerciendo poder abusivo sobre otro y muchos mirando hacia otro lado.
Confundir la firmeza
Tal vez el gran problema sea que nos hemos acostumbrado a confundir la firmeza con la humillación, la ironía con el sarcasmo, la crítica con el desprecio. Qué fácil es ridiculizar a alguien en público y disfrazarlo de humor, qué fácil ponerle nombre a un error y convertirlo en un lastre de por vida. Qué difícil, en cambio, colocarse en el lugar del otro, callar una palabra hiriente, actuar con empatía.
Y no, no se trata de llenar la vida de cursilerías ni de filtros de algodón, sino, sencillamente, de no usar a los demás como parapeto o como pelota de desahogo. De recuperar eso tan sencillo que antes llamábamos educación, y que no dependía del título académico sino del respeto. Y eso, en gran medida, se trae de casa. Y se corrige en casa también.
Porque la mayoría de las veces no hacen falta leyes ni protocolos, sino algo tan básico como mirar de frente, acompañar, y decir “esto no está bien”.
El heroísmo no se define por las grandes gestas, sino por los pequeños gestos: frenar un comentario cruel, acompañar a quien se siente solo, no compartir ese vídeo o esa burla que a tantos hace reír y a uno solo destroza. Y, sobre todo, no olvidar que el respeto —igual que la violencia— se aprende muy pronto, pero —a diferencia de la violencia— se olvida con demasiada facilidad.
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