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Opinión | Desde el umbral

Indefensión

La obligación moral e inaplazable de plantar cara al Bullying

Un pequeño altar improvisado ante la vivienda de Sandra, la joven que se suicidó en Sevilla.

Un pequeño altar improvisado ante la vivienda de Sandra, la joven que se suicidó en Sevilla. / Jose Manuel Vidal / Efe

Cuando un niño viene al mundo, llega en situación de indefensión absoluta. Pero, salvo en casos muy particulares, cuenta con unos padres que se encargan de procurarle amor, protección, alimento, cuidados, educación y de todo aquello que pueda requerir para cubrir sus necesidades. Parte de la responsabilidad de los padres es ir ofreciéndoles instrumentos a esas pequeñas criaturas para que vayan ganando autonomía y conquistando, poco a poco, áreas y espacios en las que van aprendiendo a desenvolverse de un modo más independiente y autónomo. Los chiquillos van avanzando desde el círculo social primario, integrado por sus progenitores y su familia más cercana, hasta que llega un momento en que se ven expuestos a las infinitas contingencias de la selva que es la sociedad. Entre tanto, la chavalería transita por el camino escolar desde la más tierna infancia y hasta la adolescencia o primera juventud, según los casos. Es la escuela, por tanto, un espacio intermedio en el que se complementa el papel que desempeñan las familias y se ayuda a los chicos y chicas a crecer, a formarse, a ampliar perspectivas, a pensar, a relacionarse… La indefensión primaria del bebé va diluyéndose, por lo general, a medida que los muchachos van adquiriendo distintas habilidades y capacidades personales y sociales. Pero no todos los chavales evolucionan del mismo modo ni discurriendo por las mismas veredas. Cada ser humano va construyéndose a un ritmo y esculpiéndose de un modo personalísimo. Esa unicidad, ese carácter propio y esa personalidad singular e intransferible no siempre son bien recibidas o acogidas por la sociedad, en la escuela o hasta en el seno familiar. Y, cuando esto ocurre, se genera un grado de sufrimiento que solo pueden alcanzar a entender quienes han pasado por circunstancias de incomprensión, exclusión o apartamiento similares. En determinado ambientes, hay sujetos expertos en detectar al eslabón débil, o a quien aún se le vislumbra un cierto grado de indefensión. Y esos sujetos, los abusones y acosadores de turno, son capaces de ponerles las cosas verdaderamente difíciles, y de hacerles la vida muy cuesta arriba a todas aquellas criaturas que se muestren, de un modo u otro, más frágiles que ellos.

Se ha comprobado que la sobreprotección en los primeros años de vida, ataca la autonomía y desprovee de recursos a los chiquillos. Y esto es fatal cuando han de enfrentarse a la crudeza del mundo real. Pero el abuso y acoso, la desatención, la trivialización de situaciones graves o la ausencia o incumplimiento de protocolos pueden quebrar cualquier esperanza de salvación para esas personitas que están comenzando a aprender a vivir

Se ha comprobado que la sobreprotección en los primeros años de vida, ataca la autonomía y desprovee de recursos a los chiquillos. Y esto es fatal cuando han de enfrentarse a la crudeza del mundo real. Pero el abuso y acoso, la desatención, la trivialización de situaciones graves o la ausencia o incumplimiento de protocolos pueden quebrar cualquier esperanza de salvación para esas personitas que están comenzando a aprender a vivir. Tenemos pendiente como sociedad una auténtica reflexión sobre lo que ocurre a nuestro alrededor con chicos y chicas de todas las edades que, a través de los tentáculos de sistemas de mensajería y redes sociales, son agredidos y violentados hasta cuando se cobijan entre las paredes de su hogar o su habitación. Y esa reflexión, que se plantea cada vez que se produce un hecho traumático o especialmente grave, no puede acabar aplazándose siempre hasta que nos remueva la conciencia la siguiente víctima. Existe una obligación moral inaplazable que nos interpela a todos. Y cada día que pasa sin que se haga nada es una prueba más de que tenemos mucho que analizar, sanar y transformar en nuestra sociedad.

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