Opinión | Con permiso de mi padre
Entre bostezos de mastín
El concienciado urbanita, habituado al runrún del tráfico, descubre que el silencio rural no es terapia, sino una revelación incómoda

Imagen de una lagartija / Joel Sartore
Que le molesta la lagartija que toma el sol en la fachada de la casa. Que le dan miedo los bichos y que, además, no entiende por qué el gallo canta desde las 7 de la mañana si es sábado. Así lo ha dejado escrito en la página de reclamaciones de un alojamiento en un pueblo del interior.
Como el adjetivo ‘rural’ no le dio pistas cuando decidió hacer ‘turismo rural’, imagino su cara de sorpresa al llegar a una casa de campo, rodeada de dehesa, con el cielo limpio y estrellado y unos mastines enormes cuidando de un rebaño de ovejas.
El paisano urbanita pensó que tras el check-in se adentraría en zonas con wifi premium, o en alguna cafetería con barista tatuado y lector de Murakami. Nada más lejos: encontró libélulas, garzas, y a la lagartija, por supuesto, ejerciendo su derecho constitucional a tomar el sol sin pagar IBI. Imagino al inquilino vacilando entre denunciar al tribunal de La Haya al gallo por acoso sonoro, o montar una asamblea de protesta sindical, y finalmente conformándose con escribir una reclamación en TripAdvisor, ese libro de agravios del siglo XXI.
Resulta que el manual del turista de interior, segunda edición revisada para citadinos, no incluye la sección de bichos. Porque allí, en la ‘metrópoli’, no hay bichos, sino ‘fauna urbana tolerada’, como palomas, cucarachas, o ratas de alcorque selvático. Lo demás, saltamontes incluidos, son amenazas existenciales de las que huir como de un debate objetivo en la televisión pública.
Y el concienciado urbanita, habituado al runrún del tráfico, al ruido blanco del ascensor, y al ‘clic’ de la tostadora en modo brunch, descubre que el silencio rural no es terapia, sino una revelación incómoda. Aquí el silencio significa que algo acecha: tal vez una lechuza en el hueco de la pared de piedra, o un trabajador lugareño que observa al incauto sabiendo que no va a distinguir una planta de tomate del césped de su terraza.
Capítulo aparte merece el caso de la chimenea. Porque si algo emociona a nuestro turista es la idea de encender leña y posar con jersey de punto grueso para Instagram. Pero ay, amigo, primero hay que prender la llama, que luego el humo sube (o baja, según la ley de Murphy local) y ya tienes al propio pidiendo extractor y queja formal por ‘atmósfera poco descarbonizada’.
La estancia termina con la clásica conversación en la que, entre bostezos de mastín, el viajero declara que «el campo está muy bien para desconectar», pero que lo suyo es la ciudad, «que tiene de todo». Ellos, que buscan el rural pero quieren exportar la city hasta en el aroma del suavizante.
Así se despide nuestro protagonista, convencido de que el campo necesita «mejoras de usuario personalizadas», además de jacuzzi en la habitación y una carta de almohadas. Y si algo queda claro, es que, por suerte, el rural sigue resistiendo, imperturbable, a la invasión de las quejas urbanas, los adictos al asfalto y las alergias estacionales al sentido común.
*Mercedes Barona es periodista.
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