Opinión
Cáncer. Cáncer. Cáncer

'Corazones Solidarios' para enfermos de cáncer, la iniciativa del centro de mayores 'Plaza Mayor' / Pablo Parra
Al menos, y por ahora, se puede decir mamarrachos, idiotas o cretinos, así como auténticas barbaridades que se me ocurren (pero ya saben que mi padre no me da permiso para decirlas) a cuenta de la reciente proposición no de ley aprobada en el Congreso para «regular el uso de la palabra cáncer y promover un lenguaje responsable y empático».
Dejando aparte consideraciones sobre a qué dedican su tiempo nuestros estupendamente retribuidos representantes con la que está cayendo, lo cierto es que tal iniciativa ha recibido, por supuesto, una bendición casi celestial: 307 votos a favor, 33 en contra y 6 abstenciones. Una mayoría apabullante de diputados que, si no nos costaran tanto, parecerían un invento de Berlanga. Dicen que es por «cuidar la sensibilidad de los pacientes», pero a mí me huele más a ese empeño burocrático en envolver la vida -y la muerte- en celofán, para fingir que el dolor existe sólo cuando el BOE lo autoriza y, como siempre, por nuestro bien.
Supongo que creen, como en el medievo, que si no mencionas al demonio no puede atraparte. O que si te escondes cerrando los ojos, nadie te ve. Así que si no dices cáncer, la enfermedad se esfuma por arte de magia. ¡Qué alivio descubrir que todo era cuestión de semántica y no de ciencia! El cáncer curado por decreto y el miedo eliminado lenguaje inclusivo mediante. Se lo contaré a las amigas que están ahora en pleno proceso de quimios o radios, tratando de mantener sus vidas a flote; «tranquilas, chiquis, que si no decimos la palabra, esto se pasa solo».
Esos iluminados son los que pretenden protegernos del mal uso de un término. Una puñetera palabra. Como si el lenguaje fuera el enemigo y no los silencios que acompañan a un diagnóstico o la angustia de una sala de espera.
Hay quien dirá que no se trata de prohibir nada, sino de “promover un lenguaje más humano”. Pero cuando el poder decide qué es humano y qué no, el resultado nunca es inocente. Primero te sugieren cómo hablar, luego te corrigen el tono y, por último, te quitan las palabras una a una, para que acabes hablando en su dialecto de blandura institucional. Y obedeciendo.
Hablar de cáncer es hablar de vida. De la que duele, de la que se lucha, de la que se aferra. Es mirar de frente a la enfermedad y dar nombre al miedo. Quitarle la palabra es restarle peso a quienes cada día se levantan y dicen: tengo cáncer, y sigo aquí.
Pero claro, eso no luce tanto en rueda de prensa. Más cómodo resulta aprobar una proposición tan inútil y absurda como quienes la promueven, y salir sonriente a decir que ahora todo será más «empático». Y, a la vez, negarse a que la sanidad pública gaste en medicamentos contra un cáncer concreto porque son muy caros. Caros nos salen tantos dirigentes mediocres que no saben hacer la o con un canuto. Malditos.
Mientras tanto, los pacientes seguirán esperando inversiones y tratamientos y los políticos seguirán jugando a ser los guardianes de la moral lingüística. Ya tarda en salir el meme del tipo ese al que lapidan en «La vida de Brian» por pronunciar «Jeová», pero diciendo cáncer.
Yo, de momento, seguiré llamando a las cosas por su nombre. Mientras se pueda, mientras una panda de carajotes no nos lo prohíba porque nosotros se lo permitimos.
Mercedes Barona es periodista
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