Opinión | Tribuna
Hay que volver a Extremadura

Castañar de Hervás.
Este verano se ha quemado mucho en Extremadura, y poco ya sería demasiado, con todo lo que ello conlleva en pérdidas de toda índole y, sobre todo, en miedo, ese miedo reseco como los campos asolados por el fuego que se impregna durante años y años en las gentes que están allí y viven allí y de lo de allí. A ellos les llegarán las distintas ayudas prometidas por las Administraciones, aunque ya sabemos que una cosa es prometer y otra dar trigo. Así que mucho me temo que las ayudas ni serán tantas como las prometidas ni, desde luego, serán tan rápidas como las necesidades. Y mientras la burocracia va y viene, las gentes siguen allí; no son turistas que pueden irse cuando el fuego aprieta y luego ya veremos si se vuelve.
Precisamente ahora que hay mucho terreno calcinado, pero también mucho sin quemar, es momento de que volvamos a Extremadura y que lo hagamos fundamentalmente a esas zonas que un día nos atraparon con su paisaje, con sus viejos caminos de la Mesta, con la acogida de las gentes de los pueblos diseminados por los montes que íbamos fotografiando y disfrutando y que ahora, todavía ahora, huelen a humo. Hay que volver justo ahí no para retratar el desastre, ni solo para dolernos del mismo, sino para contribuir al renacer de todos aquellos negocios que, incluso no habiendo perdido sus bienes, han perdido su sustento, el que proporcionamos los visitantes y que ahora difícilmente es cuantificable y, por tanto, indemnizable. Comercios, bares, restaurantes, o alojamientos, de golpe, ven no solo desaparecer a los turistas, sino que padecen la dificultad de que regresen.
Hay que volver justo ahí no para retratar el desastre, ni solo para dolernos del mismo, sino para contribuir al renacer de todos aquellos negocios que, incluso no habiendo perdido sus bienes, han perdido su sustento, el que proporcionamos los visitantes y que ahora difícilmente es cuantificable y, por tanto, indemnizable
Hay que volver a Extremadura y a esas zonas de montes arrasados, porque las gentes que tan bien nos atendieron en sus establecimientos cuando los visitamos antes de los incendios, como lo hicieron conmigo no hace tanto cuando, con mi hija Gala y nuestro fiel Rocco, siempre mis escuderos, pateamos Las Hurdes, nos alojamos en El Gasco y comimos y cenamos en los pueblos que iban saliendo por los caminos. Esas gentes siguen allí, porque viven allí y de lo allí y el turismo es su forma de vida y, además, entre unos y otros son los que mantienen esos paisajes que tanto nos han impresionado a quienes los hemos disfrutado.
Pero ahora hace falta más que nunca que hagamos el camino como los viejos viajeros decimonónicos: con la sonrisa puesta y la bolsa presta a aflojarse y liberal, porque no es tiempo, con todo respeto y cada uno según sus posibles, solo de mochila y bocadillo hecho en casa, sino de generosidad en el gasto. A fin de cuentas, fiarlo todo a las ayudas oficiales lo mismo es tan poca cosa como ayunar para acabar con el hambre en el mundo.
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