Opinión | Encerado y clarión
Cuando el silencio grita

Manifestación contra el acoso escolar, caso de Sandra Peña / Jorge Jiménez
Dicen que la escuela enseña para la vida. Pero a veces, la vida, y también la muerte, entran sin avisar, y enseñan con un golpe seco, de esos que no caben en ningún currículo.
Se llamaba Sandra. Tenía sueños, risas, miedos y un mundo por estrenar. Hoy su nombre pesa, duele y nos recuerda, tristemente, que llegamos tarde. Otra vez.
No hay palabras que consuelen a una familia que pierde a su hija, y menos aun cuando todo apunta al acoso escolar. No sirven los discursos, ni las condolencias públicas, ni los minutos de silencio. Porque el silencio, cuando llega después, ya no enseña, duele.
Los protocolos de acoso existen, sí, pero a veces la excesiva burocracia ralentiza y ahonda en el dolor, eso cuando no necesitan ser actualizados, o en permanente actualización, a tenor de las nuevas formas y/o tipología de los casos. Son documentos impecables, llenos de plazos, tablas y firmas, pero con pocas manos o tiempo para dotarlo de la celeridad y urgencia debida. Mientras se cumplimentan papeles, el dolor se disfraza de normalidad en los pasillos y el miedo se sienta en el pupitre de al lado, pero la letra no basta cuando el aula está saturada, el profesorado exhausto y los recursos se pierden entre informes y promesas.
Cada vez que ocurre una tragedia, se busca un culpable, además de los culpables y en demasiadas ocasiones, la diana apunta al docente o al centro, pero, son ellos precisamente quienes llevan años gritando que no pueden más.
Faltan orientadores, que comparten centros y muchos cientos de alumnos. Faltan enfermeras escolares, que podrían detectar el sufrimiento antes de que duela demasiado, faltan psicólogos educativos, ausentes en plantilla, pero imprescindibles para enseñar a vivir antes de que la vida se vuelva insoportable
Faltan orientadores, que comparten centros y muchos cientos de alumnos. Faltan enfermeras escolares, que podrían detectar el sufrimiento antes de que duela demasiado, faltan psicólogos educativos, ausentes en plantilla, pero imprescindibles para enseñar a vivir antes de que la vida se vuelva insoportable.
Y mientras tanto, los docentes, ya sobrecargados, agobiados por la burocracia y las ratios, siguen dando clase, atendiendo, escuchando, sosteniendo lo que otros no ven.
También falta algo más que personal, falta corresponsabilidad. El acoso empieza muchas veces fuera del aula, aunque se traslade a la misma, en los grupos de WhatsApp, en las redes o en los patios de la vida y no puede circunscribirse exclusivamente al centro escolar. Las familias deben también formar parte y corresponsabilizarse con cada uno de los agentes involucrados, victima o agresor, denunciando o formando. También deben ser atendidas en escuelas de padres o formadas institucionalmente. Si la escuela es el espejo de la sociedad, el reflejo también pertenece a las familias. Educar no es solo tarea del centro, es un compromiso compartido.
Nos faltan ojos que vean más allá de las notas, oídos que escuchen lo que el miedo calla, y corazones que no esperen a la tragedia para latir. La educación debería enseñar a sumar y restar, sí, pero también a pedir ayuda, cuidar y dejarse cuidar. Y para eso hacen falta recursos, tiempo, equipos humanos y, sobre todo, respeto hacia quienes día a día sostienen la escuela pública.
Porque cada Sandra que se nos va no solo muere ella: muere un pedazo de infancia, de sistema, de nosotros mismos. Lo urgente no es encender velas, sino conciencias.
Solo así, la lección que no llegó a tiempo podrá salvar la vida de quien aún espera ser escuchado, aun en silencio, y a los que están en silencio poder gritarlo.
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