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Opinión | Trazos y travesías

Un cuarto propio sin tiempo

Virginia Woolf. ESCRITORA

Virginia Woolf. ESCRITORA / Virginia Guzman

En una entrevista, Fernando Fernán Gómez, cansado, afirmaba estar totalmente capacitado para no hacer nada, ¡y eso que no era madre! Su sueño antes de cada representación era que se cancelase para seguir a lo suyo: ese deseo que todas sentimos alguna vez, borrarnos del mapa laboral poder atender nuestras vidas y las de nuestras criaturas con cierta calma.

Como mujer, más que la de Fernando, me inspira la vida de Vita Sackville-West, amiga y confidente de Virginia Woolf, aunque menos frágil emocionalmente. Nacida en una familia aristocrática, criticó las convenciones absurdas de su clase, pero ese azar le concedió tiempo para escribir, cultivar jardines aún visitados y participar en el círculo de Bloomsbury. Disfrutaba de aquellas reuniones sin límites de horario y no acusaba de la niebla mental de quienes madrugamos a diario para atender obligaciones gremiales tras haber dejado bien atada la infraestructura familiar diaria.

¿Cuántas obras de mujeres nos seguimos perdiendo? Muchas, a expensas de postergar nuestras aficiones intelectuales y de malvender nuestro tiempo en un mundo laboral fraguado desde el prisma masculino, al que las mujeres hemos irrumpido por la puerta falsa sin posibilidad de negociar las condiciones

Virginia sostenía que cualquier mujer que quisiese escribir ficción necesitaba un cuarto propio y una economía que la sostuviese. Se preguntaba cuántas obras de mujeres se habrían perdido por falta de espacio y por las trabas editoriales. Vita complementaba ese pensamiento en sus cartas. Para ella, no había satisfacción mayor que adueñarse del tiempo. Entendía la belleza y el asombro como fuentes de conocimiento frente a la banalidad de las convenciones. Su obra defiende el respeto por la sensibilidad individual, la cultura y la integridad.

Sin duda, fueron dos mujeres privilegiadas a quienes, pese a todo, se les negó la educación superior que anhelaban. Hoy las mujeres accedemos a la universidad como los varones, pero los engranajes capitalistas, indiferentes a lo humano y femenino, siguen intactos. Formamos parte de un sistema que se ceba con la salud de las mujeres, sobre todo de las madres trabajadoras.

Como aquellas dos amigas, en un tiempo donde los focos para trabajar y criar se multiplican en directo y de forma digital, presa de un agotamiento que no se cura durmiendo, me pregunto: ¿cuántas obras de mujeres nos seguimos perdiendo? Muchas, a expensas de postergar nuestras aficiones intelectuales y de malvender nuestro tiempo en un mundo laboral fraguado desde el prisma masculino, al que las mujeres hemos irrumpido por la puerta falsa sin posibilidad de negociar las condiciones.

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