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Opinión | Desde el umbral

Rosalía

La niña prodigio de ‘El mal querer’, ha resultado metamorfosear en una artista planetaria

Rosalía.

Rosalía.

En este mundo en el que, a menudo y en cualquier ámbito artístico, acaban por reciclarse las fórmulas que funcionan por mera inercia, para exprimir sus posibilidades hasta el raquitismo, satisface y emociona encontrarse con obras que proponen algo distinto, original, innovador, que navegan a contracorriente o a las que no se les nota una necesidad vital de subirse a ninguna ola.

Dicen los pesimistas que todo está inventado, y que cualquier cosa a la que se le note un barniz distinto al usual no es más que un pastiche de la creatividad de gentes de otro tiempo. Y hay que hacerles una enmienda a la totalidad porque le niegan los márgenes al ser humano, y lo condenan a vivir enmarañado en el polvo, las telarañas, y hasta en el oropel y la luminosidad de épocas pretéritas.

Es indudable que los hombres y mujeres de nuestro tiempo no son ajenos a los que les precedieron. Pero esos tampoco lo fueron de aquellos otros que pisaron la tierra antes que ellos. Los avances siempre implican un tránsito entre orillas y, para cruzar un cauce, hay que ir caminando sobre el sedimento que se fue posando o depositando hasta convertirse en lugar de paso.

Rosalía, con Lux, ha alumbrado algo nuevo. Y eso ya es mucho decir. Con el éxito y la popularidad precedentes, podría haberse plagiado a sí misma, a lo que ya hizo y funcionó, a lo que sus fans de otros discos quizá esperaban, y ponerse a favor del viento y dejarse ir. Seguro que no le habría ido mal. Es probable que le hubiera ido incluso fenomenal.

Sin embargo, se nota que, ella, que también puede permitírselo, ha decidido asumir riesgos, ser libre y darle cuerda a lo que le nacía del alma. No es improbable que incluso haya tenido que vencer ciertas resistencias de los mecanismos de la industria. Y, aunque los elogios le estén lloviendo, también habrá fanáticos que apostaten de ella, porque se nieguen a acercarse a la obra sin apriorismos, sin una mirada sesgada o ajenos a los condicionantes de expectativas fundadas en el mero deseo personal de que la artista los alimente con comida recalentada.

Sé que algunos contemplan este fenómeno único como un producto meticulosamente fabricado, en cuya elaboración no se deja nada al azar, y que se presenta tras un estudio y una planificación minuciosa de lo que se quiere y sabe que va a vender. Pero no estoy de acuerdo en absoluto con esa tesis. Llámenme cándido, pero yo veo mucho de verdad en la obra que ha parido esa mujer, dotada de un don o una virtud especial para la música, que es Rosalía.

Demostró ser capaz de remover el panorama artístico a nivel mundial, de sacudir los cimientos de la industria y de marcar tendencias a nivel musical y hasta en lo estético. Pero, con este disco, a uno le da la sensación de que persigue algo que pocos logran, que es trascender y dejar una impronta propia. Y, para hacerlo, es fundamental la autenticidad, porque la pose, la mentira y la mercadotecnia siempre acaban trasluciéndose.

La joven promesa, la niña prodigio que no pocos atisbaron con la publicación de El mal querer, ha resultado metamorfosear en una artista planetaria que ahora ya solo se topará con los límites que ella misma se autoimponga.

Entiendanme la metáfora, pero parece que se ha despegado esas uñas con las que los más superficiales la identificaban, se ha desprovisto de lo accesorio y lo trivial, de eso de lo que tampoco hay que renegar en determinados contextos de puro divertimento, y ahora vuela más libre y grácil, moviéndose, por momentos, en un plano que raya en el ascetismo.

Escucharla contar y cantar despierta interés, admiración y curiosidad. Y no solo por la artista planetaria, sino por el ser humano que siente y piensa, y por esa música que se encierra en una habitación o un estudio, para escribir, componer e interpretar una obra tan sugestiva, compleja y profunda como la que nos ha regalado.

*Antonio Galván es diplomado en Magisterio.

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