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Opinión | A la intemperie

Zapatos volanderos

Donde se habla del genio y de los demonios que le crecen dentro…

Rafael de Paula

Rafael de Paula / El Periódico

Un par de zapatos volanderos cayeron desde el décimo piso de un hotel de Nueva York. Siendo suyos, caerían por no volar. Caerían por palmas. Nueva York… qué lejos estás de Jerez. De Jerez está lejos todo para los que, como tú, se mueven despacio al compás de su propio misterio.

Palmas, palmitas. Llegó en avión. Era la primera vez que cruzaba la mar salada. Eso contaba él... quizá fuera cierto. Entre avión y avión hicieron escala en el frío de aquella ciudad extraña. Él y su cuadrilla. En Jerez los edificios no son tan altos. Ni las calles tan largas. Tenía el capricho de unos zapatos de cocodrilo, que es lo suyo siendo él quien era y habiendo heredado el tormento y el bronce de su raza. Unos zapatos de cocodrilo para un faraón de luces. Lo suyo. Sin miserias. Le costaron un Potosí aquellos zapatos neoyorquinos. A él le parecieron de cocodrilo. El gachó de la zapatería no parecía entenderle… y mira que Rafael le hablaba despacio. Despacio, como se ama, como se torea. Despacio, como te rindes por dentro.

Era de Jerez, y le sonaban palmas al paso. A compás. Era raro, tierno y supersticioso. Las manías le hacían nido en las entretelas. Era malo para él. Y, en ocasiones, como el rayo, bueno. Era de bronce y de azabache. Del bronce, las palmas; del azabache, el tormento. Y como Belmonte, un torero sin facultades. Las rodillitas, dos cañas tronchadas. Toreaba desnudo de ventajas, a merced de los toritos negros del vivir a deshoras. Tanto que él era, en palabras de José Bergamín, la música callada del toreo. Desnudo detrás de su capote. Y punto. Y lloró el día que se cortó la coleta. Lloró como le lloraban los toros cuando montaba la espada. Lloró porque le tronaron por dos veces los tres avisos del infortunio. Los dos toros al corral. Los dos. Cuando vencido lloró, sus paisanos le aplaudían con palmas de desconsuelo. Fue en Jerez, tenía que ser en Jerez, alfa y omega. Tan lejos de Nueva York…

Torero en Nueva York... como si Lorca le hubiera escrito solo a él todos sus poemas. Rafael era el más lorquiano de los toreros. Torero de poetas. Torero de leyendas. Ya en el hotel se puso los zapatos que tanto le habían costado. Piel de cocodrilo los dos. Dos zapatos dos. Tan caros. Tan lustrosos. Pero en eso notó cierta guasa entre su gente… ¿Y si no fueran de cocodrilo? ¿Y si fueran de lo que no se mienta sin tocar madera? El bronce se le puso en pie y, para ahuyentar el mal fario, echó los zapatos a volar. Allí, en Nueva York, tan lejos de Jerez; tan lejos que ni siquiera desde un décimo piso se veía Jerez… solo un cielo gris y tenebroso.

Era un torero ensimismado en sus tempestades interiores. Misterioso de un misterio al que llaman quejío. Siempre al relente de sí mismo. En Jerez los muchachos se arremolinaban junto a él solo por verle menear la cucharilla del café. Un torero de tabanco y solera. Un torero tan mermado que no pudo tomar nunca el olivo, que no pudo ni siquiera esconderse de sí mismo. Ni de sus demonios. Los demonios del genio. Ha muerto Rafael Soto Moreno, Rafael de Paula en los carteles. Al salir el ataúd de la Iglesia de Santiago, la de su barrio, por última vez a hombros, echaron a volar, una vez más, mil palmas flamencas. Donde esté, estará desnudo a merced de los toros y de lo que no se nombra. Descansa en paz, torero. Sea contigo María Santísima del Desamparo.

*Fernando Valbuena es abogado.

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