Opinión | Tribuna
El premio Planeta o la antiliteratura
La historia del premio Planeta está llena de algunos buenos escritores y de escritores mediocres. El de este año es de los segundos

Juan del Val / EL PERIÓDICO
Hay una frase del ganador del Planeta de este año que debe hacer reflexionar a quienes leen libros: «Se escribe para la gente, no para una supuesta élite intelectual». ¿Qué escritor defiende que escribe para la élite? El escritor entrega su obra a un público lo más amplio posible, a partir de convicciones estéticas que le pertenecen exclusivamente a él como autor, y, si es honesto, aunque también tenga en cuenta a la crítica, poco ha de importarle si ese público resulta ser minoritario.
Al hablar de literatura hablamos de canon, y cada lector, según sus gustos, etc., suele decantarse por uno en particular. Pero debemos preguntarnos si determinados cánones literarios aportan algo al espíritu. ¿O es que no son las letras un fenómeno del espíritu y no apelan a lo más interior del ser humano?
La historia del premio Planeta
La historia del premio Planeta está llena de algunos buenos escritores y de escritores mediocres. El de este año, por más que él mismo se presente como perteneciente a unos estándares de calidad acordes con lo que en teoría promociona Planeta, es de los segundos, a juzgar por lo que hasta el momento ha publicado, cuyos fragmentos pueden leerse en la web de la editorial.
La literatura, si está escrita con ética, sabiduría e interés por aportar algo nuevo a la tradición, debe contener algunos elementos ineludibles: una historia, aunque sea mínima, un lenguaje elaborado y distintivo y que nos haga pensar, y una estructura coherente. Además, debemos preguntarnos si la obra que leemos nos salva en algún sentido, si nos sirve de defensa contra las ofensas de la vida, como diría Pavese. Si una obra no cumple con todos estos requisitos, entonces no es literatura, sino ruido de grafómano.
Hay escritores que no demuestran sabiduría literaria. Son inertes representantes de la lengua común, imprescindible, pero en un plano distinto. Si una obra solo aporta estereotipos y no se percibe en ella esfuerzo de elaboración, entonces el autor no es un verdadero escritor. La literatura es arte y al arte debe entregarse a aquel a quien le preocupe exponer una visión genuina del mundo.
El verdadero escritor debe comparecer ante cada palabra de su obra. Y hay escritores que no comparecen. Ofrecen, a cambio, un producto previsible, un lenguaje que no interpela a la conciencia ni despierta al lector, y una ficción esperable, todo fundamentado en un tópico tras otro. Sin embargo, la responsabilidad no reside enteramente en ellos, sino en la institución que los avala, cuyo compromiso ético con la literatura es inexistente.
Diego Fernández Sosa es profesor de Lengua y Literatura
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