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Opinión | Con permiso de mi padre

Blancos y negros

A veces pienso que no necesitamos más diversidad en la pantalla, sino menos rigidez en la mirada. Que aceptar el humor sin miedo, la diferencia sin culpa y el arte sin pedagogía es quizás la forma más moderna de rebeldía

Friends.

Friends. / EL PERIÓDICO

Echo de menos ver una serie o una película y que no me aleccionen con lo que tengo que pensar o sentir. Echo de menos que nadie etiquete un libro porque no es lo suficientemente algo. Y echo de menos cuando no metían a presión situaciones o personajes para cumplir con ciertos mandatos de raza, edad, sexo o vaya usted a saber. Nunca se me ocurrió, por ejemplo, que la serie “Friends” fuera discriminatoria porque sólo salían personajes blancos, pero será porque también la compaginaba con “El príncipe de Bel Air”, en la que todos los personajes eran negros. Y no me parecía raro.

Ahora parece que lo importante no es la historia, sino el manual de instrucciones que la acompaña. Antes de ver cualquier cosa, hay que pasar por una pequeña audición de advertencias: violencia, sexo, drogas, lenguaje explícito, sustos, discriminación, tabaco, luces fuertes, infracciones de tráfico y vaya usted a saber. Lo más divertido es que algunas series ya parecen clínicas de prevención. Es el caso de “Por trece razones”, cuya lista de avisos es tan larga que uno siente que ha firmado un consentimiento, esperando que de fondo suene la banda sonora de “Urgencias” antes del primer episodio.

En “Los Bridgerton” el espectador puede prepararse para una maratón de etiquetas: «sexo», «violencia» y quizás, «desnudez decorativa victoriana», ideal para que los más puristas renuncien antes de que aparezca la primera peluca. Lo de integrar personajes “de color” lo dejamos para otra ocasión.

Reposición de El Rey León

Imagino futuras reposiciones de “El Rey León” con advertencia de «animales cantando», «escenas de estampida», “no discriminemos a las hienas” y, por supuesto, «abandono paterno». El que no sobreviva al prólogo, que no siga con la película, por su propio bien. Y ante la clásica “Psicosis”, de Hitchcock, no puedo evitar pensar que, hoy, antes de la ducha, vendría precedido por una batería de etiquetas: «violencia», «crimen», «rubias sospechosas», «giros argumentales que desafían la lógica», “madres momificadas”, “escaleras peligrosas” y «música que podría desencadenar ansiedad». Que después no digan que no estaban avisados. En los festivales de cine ya no gana la mejor película, sino la más adecuada; en los premios literarios, el presunto talento compite con la hoja de méritos identitarios y el marketing. Y en las series da la impresión de que los guionistas se pasan más tiempo revisando cuotas que diálogos. ¿Hay suficiente tal, sobra un poco de cuál? Quizá por eso muchas historias suenan hoy tan inofensivas, tan parecidas entre sí, tan pulcramente aburridas.

A veces pienso que no necesitamos más diversidad en la pantalla, sino menos rigidez en la mirada. Que aceptar el humor sin miedo, la diferencia sin culpa y el arte sin pedagogía es quizás la forma más moderna de rebeldía. Por mi parte, me declaro a favor del entretenimiento sin manual de uso. Ese que empieza sin aviso, sin moralina y sin hashtags. El que te invita a pensar, reír o indignarte por tu cuenta, y no por lo que ha decidido que es por nuestro bien cualquier miembro del observatorio del pensamiento correcto. Porque al final, entre tanto revisionismo, lo que echo de menos —además de las historias sin comisario cultural— es que me dejen ver una serie o una película sin sentir que estoy pasando un examen.

Y si suspendo, que sea porque me dormí en el sofá, no porque no aplaudí en el momento oportuno.

La autora es periodista

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