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Opinión | Versos deportivos

Hincha caminante

En el fútbol y la literatura actual impera el Romanticismo y el Nacionalismo. Goethe pensaba lo mismo, por eso bautizó a la literatura universal como weltliteratur, el alma del mundo. El Romanticismo trae al universo futbolístico el culto al dinero y a los resultados, como sabe cualquier hincha que celebra la economía saneada de su equipo tanto como una liga o una Champions (recordemos el orgullo de Nuñez o Florentino con las cuentas). Hoy el alma de este deporte es financiera.

Además trae un país en el club de tu vida.

Caspar Friedrich, pintor romántico, pinta caminantes solitarios vagando por mares de nubes, bosques góticos y oscuras abadías. Sus personajes, como los de Edward Hooper, deambulan solitarios porque repudian el culto al materialismo imperante y siempre se hallan en permanente huida, incluso de sí mismos. Y en la fuga, gracias al Nacionalismo, se topan con una nación. El hincha hereda una bandera en los colores de su equipo. En la novela 'Sabotaje olímpico', de Manuel Vázquez Montalbán, Pepe Carvalho tiene claro que el Barça es “más que un club”, Simeone cree que el Atlético es el equipo del pueblo, el Real Madrid posee valores patrióticos inigualables y el Athletic recluta soldados de la nación.

El Nacionalismo crece porque se nutre de las diferencias y el caminante de Casper Friedrich tiene abono en el club donde se habla la lengua que promueve la lealtad a esas diferencias.

Pero no todo resulta apocalíptico en el Nacionalismo y el Romanticismo, pues estos movimientos enaltecen la pasión como generador del camino. Pablo Sandoval asegura a Benjamín Expósito en la película El secreto de tus ojos, que el hincha nunca cambiará de club porque lo único imperecedero en el alma del ser humano son sus pasiones, aunque camine sin rumbo en un estadio pobre y solitario pintado por Caspar Friedrich.

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