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Opinión

Frío, etiquetas y otras formas de sufrir

Pasar frío

Pasar frío

No me gusta pasar frío. Ni un poco. Ni ese que algunos llaman «fresco agradable» y que, en realidad, es el preámbulo del moqueo, los riñones helados, el jersey encima de la chaqueta y el «cierra, que entra corriente».

Lo dejo claro desde el principio, para que conste y nadie me adscriba a un colectivo que no me corresponde: el de los señores y señoras que, en cuanto cae una hoja del calendario, sacan la bufanda con una sonrisa mística y se hacen fotos con una taza humeante como si acabaran de descubrir el sentido de la vida.

Porque en esta época en la que todo el mundo tiene que ser «de algo» -de mar, de montaña, de perros, de gatos, de croquetas o de brócoli- parece obligado declararse también «Equipo Invierno» o «Equipo Verano». Y una, que ya tiene cierta edad, empieza a cansarse de competir hasta por la estación del año. Pues miren, no: no soy del Equipo Invierno. No me gustan los días cortos, ni tender la ropa sabiendo que esa toalla no se va a secar jamás, ni esa liturgia humillante de los pantys y los leotardos que se empeñan en hacerse cinturón, por poquitas lorzas que tenga una.

Otra cosa es que «haga frío». Que haga frío, bueno, se acepta. Es un fenómeno meteorológico, como la lluvia o el viento. Necesario para que la naturaleza descanse y se reponga. Va con el lote de vivir aquí, igual que las procesiones o las ruedas de prensa a horas imposibles. Se mira por la ventana, se ve la niebla, se resopla un poco, se saca el abrigo y se sigue con la vida. El problema no es que haga frío: el problema es pasarlo.

Pasar frío es esa especie de conspiración térmica que hace que el suelo esté siempre más frío que el aire, que los calcetines nunca sean suficientes y que el edredón, por muy nórdico que se venda, tenga un punto de engaño publicitario. Pasar frío es trabajar con las manos heladas, dar los buenos días con la mandíbula trabada y llegar a casa con la pena de no tener una chimenea que, al menos, aporte un poco de poesía visual.

Por eso, cuando alguien dice, con los ojos brillantes, «ay, cómo me gusta el frío», siento la necesidad urgente de preguntar: «¿pero tú hablas de que haga frío… o de pasarlo?» No es la misma cosa. No es lo mismo contemplar la escarcha desde el bar, con el café caliente y la calefacción central, que esperar al autobús a las siete de la mañana con el aire cortándote la cara y dos estalactitas formándose en tu nariz.

Al final, cada uno milita en el bando climático que puede. Hay quien tiene chimenea, segunda residencia y radiadores que funcionan como el sueño europeo. El frío se queda fuera, con lo oscuro. Y luego estamos quienes pensamos que se sobrellevan mucho mejor los días largos, la ropa ligera y los pies sobre la hierba.

Así que no, no soy del Equipo Invierno. Soy del equipo brasero, sofá y temperatura digna. Que haga el frío que quiera ahí fuera; lo que no pienso hacer, bajo ningún concepto, es pasarlo.

Mercedes Barona es periodista

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