Opinión | Tribuna
COP30: Visibilizar y democratizar la ciencia frente al negacionismo climático
La cumbre ha llegado en un momento decisivo con el cambio climático como principal campo de batalla ideológica

Asistentes a la Reunión Ministerial de Salud y Clima en el Centro de Convenciones Hangar donde se realiza la COP30. / EFE
En el corazón de la Amazonía, la biodiversidad —piedra angular de la estabilidad planetaria— se erige como el punto de partida para repensar la economía, la salud y la alimentación. Su deterioro amplifica la crisis climática y amenaza la base biológica de la vida humana, recordando que sin ecosistemas funcionales no existe desarrollo sostenible. En ese contexto, la COP30, que se celebra en noviembre de 2025 en Belém, Brasil, llega en un momento decisivo: no sólo por la urgencia de reducir emisiones y proteger los ecosistemas, sino porque el cambio climático se ha convertido en el principal campo de batalla ideológica del siglo XXI. La lucha entre el consenso científico y el negacionismo refleja dos mentalidades antagónicas: una que asume la interdependencia entre economía, salud, alimentación y naturaleza, y otra que, por cortoplacismo o desconfianza, niega la magnitud de la crisis. Celebrada en el corazón de la Amazonía, la COP30 es el escenario simbólico y político de ese enfrentamiento entre la racionalidad científica y la resistencia dogmática al cambio.
Según el Banco Mundial, los desastres asociados al cambio climático podrían reducir el PIB global hasta un 18% en las próximas décadas si no se aplican políticas de mitigación contundentes
El consenso científico actual, respaldado por el IPCC y por miles de investigaciones interdisciplinarias, sostiene que la estabilidad climática es condición indispensable para la estabilidad económica. La degradación de ecosistemas, la pérdida de biodiversidad y la alteración hídrica afectan la productividad, las materias primas y la seguridad energética. El coste de la inacción climática ya supera el coste de la transición ecológica. Según el Banco Mundial, los desastres asociados al cambio climático podrían reducir el PIB global hasta un 18% en las próximas décadas si no se aplican políticas de mitigación contundentes. Desde esta perspectiva, la economía no puede seguir funcionando como una estructura ajena a los límites biofísicos del planeta. La economía verde no es alternativa ideológica, sino necesidad termodinámica: única forma de sostener la actividad humana dentro de los márgenes ecológicos. La COP30 debe impulsar una arquitectura financiera global que premie la regeneración y castigue la contaminación, uniendo rentabilidad y sostenibilidad bajo criterios científicos verificables.
la lucha climática es también una política sanitaria preventiva. Los cambios en temperatura y humedad favorecen la expansión de vectores como el mosquito Aedes aegypti, transmisor del dengue, la fiebre amarilla o el Zika, ya en expansión en América Latina
La pandemia de COVID-19 evidenció una verdad biológica elemental: la salud humana depende directamente del equilibrio de los ecosistemas y de la integridad del entorno natural. De ahí el enfoque One Health, promovido por la OMS y organismos internacionales, que concibe la salud como un sistema único e interconectado. La deforestación y la expansión agrícola aumentan el riesgo de zoonosis, enfermedades transmitidas de animales a humanos. Desde esta óptica, la lucha climática es también una política sanitaria preventiva. Los cambios en temperatura y humedad favorecen la expansión de vectores como el mosquito Aedes aegypti, transmisor del dengue, la fiebre amarilla o el Zika, ya en expansión en América Latina. Proteger la Amazonía no sólo significa conservar biodiversidad, sino reducir el riesgo de pandemias futuras. La COP30 debe comprometerse con el paradigma One Health, integrando salud y clima en la cooperación internacional. La transición ecológica no puede limitarse a una cuestión energética: es una inversión directa en la salud global del planeta y de sus habitantes.
Uno de los sectores más vulnerables
El sistema alimentario mundial es uno de los sectores más vulnerables y, a la vez, más responsables del cambio climático. Produce cerca del 30% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y depende de ecosistemas cada vez más degradados. Sequías prolongadas, desertificación y pérdida de suelos fértiles amenazan la seguridad alimentaria de millones de personas. La ciencia ofrece soluciones: agricultura regenerativa, agroecología, reducción del desperdicio y dietas sostenibles. Sin embargo, estas transformaciones chocan con intereses corporativos y con una mentalidad económica basada en la maximización del beneficio a corto plazo. El negacionismo halla apoyo en sectores que temen perder privilegios, pese a daños futuros mayores. La COP30, desde su sede amazónica, tiene la oportunidad de situar la alimentación en el centro de la agenda climática. La protección de los suelos y de los bosques, esenciales para el ciclo del carbono y del agua, debe entenderse como política alimentaria de primer orden.
La Amazonía representa el mayor reservorio de biodiversidad del planeta y un regulador climático global. Su degradación afectaría a los patrones de lluvia de Sudamérica y, por extensión, al equilibrio hidrológico de la Tierra
La Amazonía representa el mayor reservorio de biodiversidad del planeta y un regulador climático global. Su degradación afectaría a los patrones de lluvia de Sudamérica y, por extensión, al equilibrio hidrológico de la Tierra. Conservar los ecosistemas es proteger las infraestructuras naturales que sostienen la vida. La noción de capital natural permite traducir en términos económicos el valor de los servicios ecosistémicos: purificación del agua, captura de carbono, polinización, regulación térmica. Ignorar ese valor ha conducido a una economía extractiva que destruye su propia base material. Invertir en restauración ecológica es una estrategia de resiliencia y prosperidad a largo plazo.
El debate climático no se limita a lo técnico: refleja una división profunda en las democracias contemporáneas. De un lado, una mentalidad científica y cooperativa, que reconoce la interdependencia entre sistemas naturales, sociales y económicos, y que apuesta por la gobernanza global, la evidencia empírica y la responsabilidad intergeneracional. De otro, una mentalidad negacionista y nacional-populista, que interpreta la acción climática como una imposición globalista o una amenaza al empleo tradicional, y que desconfía de las instituciones científicas. Esta polarización se observa en casi todas las democracias. La ciencia se ha convertido en objeto de disputa política, y la racionalidad ecológica, en campo de batalla cultural. Negar la crisis climática no detiene sus efectos: sólo los agrava. La resistencia al cambio refleja una crisis de confianza donde la desinformación sustituye al conocimiento. La COP30 puede y debe actuar como puente entre estos mundos: demostrar que la acción climática no es una imposición ideológica, sino un proyecto colectivo de supervivencia y justicia.
La democratización del conocimiento científico
Frente al negacionismo, la educación científica —en especial la biológica— y la comunicación rigurosa son esenciales. No basta con acuerdos internacionales: la ciudadanía debe comprender el vínculo directo entre clima, biodiversidad, salud, economía y bienestar. En este contexto, las instituciones profesionales, como los Colegios de Biólogos, son decisivas. La democratización del conocimiento científico es, en este sentido, una política climática. La ciencia debe hablar no sólo a los gobiernos, sino también a la sociedad, explicando que reducir emisiones significa prevenir enfermedades respiratorias, estabilizar precios agrícolas o evitar desastres naturales que arruinan economías locales. La lucha climática es, sobre todo, una defensa de la vida cotidiana.
La COP30 será un examen de madurez política y científica de los representantes de la humanidad. En ella se pondrán a prueba la coherencia entre discurso y acción, la solidez del conocimiento frente a la desinformación y la capacidad de las democracias para construir consensos más allá de la polarización. El cambio climático no distingue fronteras ideológicas: afecta por igual a mercados, hospitales, cultivos y ecosistemas. La ciencia ha trazado el diagnóstico con claridad; ahora la política debe traducirlo en acción. La COP30 del Amazonas encarna esa posibilidad: demostrar que la cooperación, guiada por la evidencia, puede reconciliar economía, salud, alimentación y naturaleza bajo un principio común: la supervivencia compartida de la biosfera.
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