Opinión | Textamentos
Nvidia y Estados Unidos se examinan hoy

Un ordenador y un móvil conectados a Inteligencia Artificial. / Latif Kassidi
La economía estadounidense de los últimos tiempos oscila entre la inflación y la danza del vientre. A la falta de unidad de criterio de los analistas se une el reciente cierre del Gobierno de Trump, el más largo de la historia, que no ha hecho sino añadir opacidad al asunto. En la era de la información seguimos en la penumbra, y por mucho que leamos datos no podemos concluir si EE.UU. sigue en la brecha o si es un gigante con los pies de barro.
Un mercado laboral débil, una política monetaria incierta y la indecisión de la Fed, que no sabe si recortar los tipos o dejárselos largos, siembran la duda desde Hawái a Maine pasando por Wall Street.
La economía estadounidense de los últimos tiempos oscila entre la inflación y la danza del vientre. A la falta de unidad de criterio de los analistas se une el reciente cierre del Gobierno de Trump, el más largo de la historia, que no ha hecho sino añadir opacidad al asunto
Por si fuera poco, el boom de la IA, hasta hace poco la gran esperanza del progreso de América, se ha convertido, según muchos expertos, en una burbuja a punto de explotar debido a valoraciones infladas y a una sobreinversión que, en la mayoría de los casos, aún no ha generado retorno.
Los mercados, mientras tanto, no paran de gritar, unos días de éxtasis y otros de miedo. Y en esa paranoia seguiremos hasta hoy miércoles por la noche (hora española), cuando Nvidia, la mayor empresa del planeta, dará a conocer sus resultados empresariales tras el cierre del mercado americano. De ser impresionantes —nada descartable—, Estados Unidos volverá a ser un rottweiler de dentadura afilada, pero si están por debajo de lo esperado, aunque sea mínimamente —tampoco descartable—, caerán los mercados y cundirá la desesperación entre esos tristes que opinan, en consonancia con el poeta, que cualquier tiempo pasado fue mejor.
El eslogan “It’s the economy, stupid”, acuñado en 1992 por James Carville, estratega de campaña de Bill Clinton, no solo sigue vigente, sino que cobra todo su sentido en un contexto como el actual, donde los alocados números vuelven a ser el campo de batalla simbólico entre la ansiedad y la innovación, entre el miedo y la euforia, entre el empleo y el paro.
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