Opinión | Encerado y clarión
España va como un cohete

Una profesora en clase con varios alumnos
Este jueves, 20 de noviembre, celebramos el Día Internacional de la Infancia o Día Mundial de los derechos y deberes de la Infancia. Una fecha perfecta para discursos solemnes, fotos institucionales y frases tintineantes. Un día hermoso para proclamar promesas que brillan lo justo y se desvanecen a la mañana siguiente, cuando el confeti se recoge y la realidad vuelve a ocupar su lugar.
Porque la realidad, esa que no sale sonriente en los actos oficiales, la recuerdan los últimos datos del INE: el 28,5 % de los menores de 16 años en España está en riesgo de pobreza. Casi tres de cada diez. Tres pupitres por fila. Tres pequeñas vidas que empiezan la carrera con la meta mucho más lejos que los demás.
Pero no pasa nada, porque, nos insisten, España va muy bien. Debe de ir tan bien que casi un tercio de nuestros niños crece haciendo equilibrios sobre la línea de la pobreza. Debe de ser esa fórmula mágica de progreso de la que tanto se presume, prosperar mirando hacia arriba mientras se hunde con lo que queda abajo.
Cuando la pobreza entra en una casa, entra también en el aula. En el abrigo que falta, en el cuaderno que no se compra, en la excursión que no se paga, en el silencio tenso cuando se pregunta por materiales. En el frío. En la vergüenza. En la mirada que se esconde.
Y ahí está la escuela pública, sosteniendo lo que nadie más sostiene, parando golpes que nadie más quiere parar. Con plantillas ajustadas, ratios imposibles a día de hoy y recursos que siempre llegan tarde o nunca llegan. Con docentes que hacen malabares con el alma, las horas del día y la burocracia, intentando que nuestro alumnado no se caiga del puente que separa la dignidad del abismo.
Con cierta hipocresía social decimos que nuestros menores son lo primero, que el futuro importa, pero descuidamos a quienes tienen que construirlo. Decimos que la educación es el motor del país, pero la tratamos como si fuera un gasto y no la mejor inversión posible. Y mientras tanto, casi un 30 % de nuestros menores viven en riesgo
Porque la escuela pública es eso, un puente. El único capaz de ofrecer a quienes nacen con menos la posibilidad de no quedarse atrás. Una trinchera donde cada día se combate la desigualdad con palabras, con conocimiento y con humanidad. Pero un puente no se mantiene en pie solo con vocación, necesita inversión, refuerzos, apoyo, respeto y valentía política.
Con cierta hipocresía social decimos que nuestros menores son lo primero, que el futuro importa, pero descuidamos a quienes tienen que construirlo. Decimos que la educación es el motor del país, pero la tratamos como si fuera un gasto y no la mejor inversión posible. Y mientras tanto, casi un 30 % de nuestros menores viven en riesgo.
La pobreza infantil no es una catástrofe natural, es una decisión política por acción u omisión. Una nación que presume de grandes cifras económicas, pero abandona a su infancia, esos niños y niñas que no levantan la mano en los discursos, pero que merecen el mismo futuro, no es un país que progresa, es un país que se rompe.
Así que, si alguien pregunta qué podemos hacer, la respuesta es simple, reforzar la escuela pública con todos los medios, para que el puente no se rompa bajo los pies de los más vulnerables. Ni mañana, ni pasado, ni nunca. Porque España, la España que queremos, no puede permitirse «ir como un cohete» mientras tres de cada diez menores están en riesgo de pobreza.
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