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Opinión

Faltos de buenas noticias

Los buenos ciudadanos somos muchos más y mejores que los malos

ILUSTRACION CEREBRO

ILUSTRACION CEREBRO / PABLO GARCIA

Poner un pie fuera de la cama sin haber amanecido empieza a ser un acto heroico, sobre todo si, con el primer café, escuchas o lees las noticias. Porque no te da tiempo a terminar ese café, lo mismo hasta con un cigarro, cuando lo que te dan ganas es de atrincherarte con los almohadones como sacos terreros. Sí, atrincherarte, porque lo que te cuentan del mundo es para devolver tu pie a las sábanas y no ponerlo en la calle aunque haya que morir de inanición, que siempre será más digno que hacerlo en cualquiera de las escenas que se pintan fuera, o, en el mejor de los casos, dedicar tus esfuerzos a que otros se aprovechen de ellos cual bandoleros de la serranía decimonónica.

Accidentes, desastres naturales, corruptelas políticas, despidos poco justificados, violencia de todo tipo y, por si fuera poco, si sales de casa, lo mismo cuando vuelvas te la han ocupado. Así, un día tras otro tomamos el primer café y, a pesar de todo, salimos fuera, pero cómo salimos. Encabronados, desanimados, o como amilanadas almas resignadas; incluso más de un día todo junto según avanza el día. Y esto no da como resultado una sociedad más concienciada, ni más solidaria, ni más revolucionaria ante tal sucesión de despropósitos, sino una sociedad enferma de pesimismo.

Es verdad que los medios han de contar lo que pasa, faltaría más, pero no solo ocurren cosas malas. Es más, la misma noticia depende del tono con que se cuente para que la percepción social, sin minusvalorar ni dejar de denunciar lo que no está bien, sea muy distinta y no por ello menos concienciada ante las mejoras que hay que hacer. Porque la realidad es que somos una sociedad con más aciertos que fracasos, donde hasta, aunque parezca increíble, son más los políticos que trabajan por el bien común que los corruptos, muchos más, como son más los trenes que llegan a su destino sin incidencias que los que se quedan tirados en medio de un secarral, lo que no quita un ápice ni de cabreo ni de exigencia a los responsables.

Pero como son más los hechos para celebrar que para amargarnos la vida, defiendo que los ciudadanos necesitamos un respiro en forma de ánimo para que no creamos que estamos sentados en una montaña de mierda y sin solución. Y en este trasladar ánimo los medios de comunicación pueden hacer mucho. Claro que hay que seguir denunciando los desmanes e imperfecciones, pero también dando el justo tono, porque esos lastres son porcentualmente excepcionales y no la norma general. No estoy proponiendo que los medios nos cuenten la realidad como si fuera los mundos de Yupi, pero sí que tengan en cuenta que la forma de contar es tan importante como el fondo, sobre todo si queremos evitar que una sociedad entera acabe desquiciada y sin el menor atisbo de que vivir merezca la pena, porque se recaba mejor la concienciación y la colaboración desde el optimismo que desde el desánimo. A fin de cuentas, los buenos ciudadanos en todos los ámbitos somos muchos más y mejores que los malos.

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