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Opinión | Jueves sociales

Safaris humanos

Preparación del monumento a las matanzas en la guerra de Bosnia

Preparación del monumento a las matanzas en la guerra de Bosnia / VALDRIN XHEMAJ

No hago publicidad de mis libros en esta columna, pero esta semana la realidad y la ficción han vuelto a chocar en esa carrera enloquecida que se traen por llegar las primeras a la meta, y necesitaba contarlo. En mi último libro, El peso exacto de los días, hay un microrrelato titulado Nada es como antes. En él, una pareja participa en una montería donde los trofeos son seres humanos. Seis o siete líneas donde el horror y la idea macabra se desarrollan lo justo, hasta llegar a la frase final que parece normalizar la crueldad y la deshumanización justo para conseguir lo contrario. Y el lector pasa página convencido de que la autora fabula, con esa media sonrisa entre la condescendencia y la satisfacción de sentirse a salvo de la imaginación de los escritores, tan calenturienta. Qué hay de realidad, qué hay de ficción, me preguntó el otro día un lector muy atento en Badajoz, a lo mejor porque también es escritor aunque él no lo sepa. Y yo contesté lo que suelo contestar, lo de que ahora mismo superar a la realidad es muy complicado porque inventa tan deprisa y de forma tan descabellada que los narradores vamos detrás, con la lengua fuera, tratando de atrapar alguna de las fabulaciones que se escapan a la comprensión, y se han convertido ya en rutina.

Nadie es capaz de ahondar en la miseria humana como la realidad, cuando se pone creativa. Cada ser humano convertido en trofeo de caza tenía un precio ya fuera niño, embarazada o adulto. Los cazadores volaban en aviones militares, y después de su sábado de montería, regresaban a sus vidas, a lo mejor desolados por no poder mostrar en público sus trofeos ni hacerse una foto al menos con el pie sobre el cadáver

Y eso que aún no había leído la noticia de que un centenar de hombres contrataron viajes para ir a disparar contra personas en la tristemente conocida como la avenida de los francotiradores, en Sarajevo, donde murieron más de once mil civiles. Pero el horror no acaba ahí, en ese titular, porque nadie es capaz de ahondar en la miseria humana como la realidad, cuando se pone creativa. Cada ser humano convertido en trofeo de caza tenía un precio ya fuera niño, embarazada o adulto. Los cazadores volaban en aviones militares, y después de su sábado de montería, regresaban a sus vidas, a lo mejor desolados por no poder mostrar en público sus trofeos ni hacerse una foto al menos con el pie sobre el cadáver. Esa desolación es el final de mi microrrelato, pero ojalá la realidad invente mejor, como hace siempre, aunque esta vez podría ser para bien, por cambiar la costumbre. Y así, podríamos leer, que ese centenar de francotiradores y de personas sin alma han sido descubiertos, juzgados y cumplen una pena acorde a su delito, si es que existe. Sería un final mucho mejor que el mío, un logro, un broche de oro para una historia que debería ser inventada, pero no lo es. Una prueba más de que necesitamos con urgencia que nos cuenten cuentos para escapar de los días, pero también para entenderlos, igual que en las noches oscuras de las cavernas, solo que siglos más tarde.

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