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Opinión | Editorial

Cáceres

La violencia de género, otro peligro para la democracia

Al aumento de recursos de atención y prevención debe sumarse un esfuerzo educativo que cambie el relato y avance hacia la verdadera igualdad

Concentración contra la violencia machista.

Concentración contra la violencia machista. / J.A. Riera

Hace 50 años la mujer española recuperaba derechos fundamentales que le fueron arrebatados durante la dictadura: el derecho al voto, que tanto había costado conseguir, pero también cuestiones básicas que hoy pueden mover a la risa y que, en realidad, ponen negro sobre blanco la opresión sufrida por nuestras madres y abuelas durante cuarenta años: el Régimen franquista había impuesto el modelo ejemplar de esposa dedicada a “sus labores”, el cuidado de menores, mayores y del hogar. El maltrato no existía oficialmente, se ocultaba, o era algo privado que solo concernía a la pareja. Se hablaba de “crímenes pasionales” en tiempos en los que la infidelidad matrimonial se pagaba con prisión solo en el caso de la adúltera Medio siglo después, las mujeres ya pueden abrir una cuenta corriente a su nombre o comprar un electrodoméstico a plazos. Pero la lucha por sus derechos prosigue, y entre ellos está el de su propia vida frente a la violencia machista.

En Extremadura, durante 2025, han muerto tres mujeres, presuntamente, a manos de quienes eran sus parejas. Ha sido el peor año en cuanto a estadísticas. Cada día, en la comunidad extremeña, se presentan seis denuncias por motivos relacionados con agresiones machistas, físicas o psicológicas. En vísperas del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer-25 de noviembre, corresponde al conjunto de la sociedad detenerse y plantearse un hecho ineludible: cada cifra que manejamos corresponde a una vida, a una mujer, muchas veces a una madre, impelida a luchar por sobrevivir en una convivencia adversa. No al revés. Si perdemos ese horizonte, corremos el riesgo de anestesiar el dolor y dejar que la violencia machista siga instalándose como un “dato más”. En realidad, de lo que hablamos es de una auténtica emergencia moral, social, cultural. Las tres mujeres extremeñas que murieron este año no eran meros números: Tenían nombre: María, con 38 años y madre de un hijo de 14 años; Ilhan, de 34, lo era de cuatro pequeños, que ahora tendrán que superar un trauma terrible. Verónica no tenía hijos, pero como las otras dos víctimas, tenía un proyecto vital interrumpido de forma brutal e inaceptable. Su ausencia, la de las 39 mujeres asesinadas en lo que va de año en toda España, deja un espacio irreparable. La clave no está solo en enumerar, sino en acompañar, prevenir, interceder eficazmente.

Protocolos

El catálogo de recursos en Extremadura está más completo que nunca: protocolos institucionales, asesoramiento legal, apoyo psicológico especializado, y la reciente ampliación de los llamados “puntos violeta” - espacios de apoyo y derivación - que, por ejemplo, extienden su presencia a más de 750 oficinas de farmacia en la región. Resulta fundamental que todos, dependan de una administración u otra, funcionen de forma coordinada, eficaz y sin fisuras.

También este ha sido el año en el que se reconocieron irregularidades en los dispositivos de pulsera de vigilancia para agresores, una polémica nacional que se detectó en la región y que denunció el Tribunal Superior de Justicia de Extremadura (TSJEx). Por cada mujer en riesgo no hay un policía vigilando, resulta imposible aplicar una medida de tal magnitud, pero también es peligrosa la sensación de inseguridad que generan fallos en medidas de protección que debieran ser “garantía”. Porque debilita la confianza de las víctimas en el sistema.

Con la perspectiva de esos 50 años y tras haber conseguido, hace sólo 21, una Ley de Violencia de Género nacida tras el asesinato de una mujer valiente, la recordada Ana Orantes, que pagó con su vida testimoniar en un plató de televisión el infierno conyugal, cabe preguntarse si los avances prosiguen como debieran. Una clave reside en la percepción de jóvenes y adolescentes sobre el problema. El estudio del Gobierno central sobre “Percepción de la violencia de género en la adolescencia y la juventud”, indica que persisten estereotipos de género, tolerancia de ciertas conductas de control y una visión romántica de la pareja que, en ocasiones, confunde sumisión o miedo con amor. Si las nuevas generaciones aún albergan esas ideas, entonces el avance es parcial, no radical. Quizá estamos reforzando el marco institucional, pero no hemos transformado suficientemente los imaginarios. La violencia de género no es solo un problema de seguridad o de justicia penal: es, al mismo tiempo, un problema de democracia y de cultura. La educación -en el colegio, en casa, a través de los medios, especialmente las redes sociales- tiene que cambiar el relato: el amor no es control; la pareja no es un espacio de exclusión; la agresión no es un error sentimental; la igualdad no es una concesión, es un derecho. Cuando la igualdad se pone en peligro también lo está la democracia. La violencia de género es el espejo de una sociedad que tolera el dominio, que normaliza la agresión sutil o flagrante, y que no interioriza que cada mujer libre es una victoria de todas y todos. Este 25-N, reafirmemos ese compromiso. No solo para contabilizar cifras, sino para transformar realidades.

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