Opinión | Baloncesto
Esther Rivero
Carta para el Cáceres Patrimonio: manual para perder una afición
"Alguien en el palco tendrá que hacer lo que debería haber hecho hace tiempo: reconocer que se equivocó, pedir disculpas en primera persona y comprender, por fin, que la afición no se compra: se conquista"

Álex Mazaira, con el balón, durante el partido del pasado sábado ante el Morón. / Jorge Valiente
Hay clubs que se basan en proyectos, en ilusiones y en el respeto. Luego están los que, en cambio, sobreviven a base de improvisaciones y la peligrosa creencia de que el dinero lo puede comprar todo: desde el hormigón de las gradas hasta el apoyo de la afición.
La visita ruidosa y colorida de los aficionados del Morón fue, de alguna manera, un espejo incómodo: se trataba de un grupo organizado y orgulloso que animaba porque realmente quería, no porque alguien se lo impusiera. Y eso, para quienes llevan años sin cuestionarse qué motiva al aficionado ni qué pueden ofrecerle, debió sonar como una ofensa personal.
Fue en ese momento que bajó el Presidente de Honor.
No vino a agradecer ni a reconocer el esfuerzo de quienes llevan tres temporadas tratando de revitalizar el pabellón. No bajó a interesarse o a sumar.
Bajó a reprender, como quien desciende desde la cómoda posición del poder, lleno de ira. Y lo hizo con la sutileza de un sable oxidado: con palabras duras, amenazas innecesarias, y ese tono altanero de quien confunde autoridad con el derecho a humillar.
La reacción fue simple e inevitable: los bombos, al suelo. No se animó porque se faltó al respeto a los aficionados, sean peñistas o no.
Y, solo entonces, algunos se dieron cuenta de lo grave del error: el silencio pesa, sobre todo cuando tú mismo lo provocas… y cuando los que mantenían la atmósfera deciden no hacerlo porque tienen dignidad.
Después llegó el mensajero -que no el responsable- a ofrecer disculpas en un tono bajo, como si el problema fuera un malentendido doméstico. Pero el origen del problema no estaba allí. El verdadero problema seguía en el palco, ofendido y convencido de que tenía razón, como si reprender a la única estructura organizada de animación de la ciudad fuera un gesto razonable.
La peña tiene sus fallos y limitaciones, sí, pero es la única que se esfuerza, la única que empuja… y lo único que encuentra a su paso son muros fríos de hormigón, donde debería haber puertas abiertas.
Lo más sorprendente no es el exabrupto del sábado, sino el camino recorrido hasta aquí. Hay personas que viven convencidas de que todos a su alrededor tienen algún plan en su contra: un engaño, un descuento injusto, una estafa ficticia. No analizan datos ni contexto; prefieren asumir mala fe antes que reconocer su propia dejadez. Es más fácil acusar que dialogar. Más sencillo desconfiar que agradecer.
Como un barco a la deriva
Y así, pasan cosas: los únicos que ponen ilusión -y su dinero, su tiempo, y viajan en coche, en autobús, o avión- acaban señalados como el problema, en lugar de ser reconocidos como un pilar fundamental.
Un club sin rumbo es como un barco a la deriva. Puede avanzar unos metros por inercia… pero tarde o temprano encalla. Ya vamos por la enésima temporada de improvisaciones, decisiones que cambian con el viento, planes que se borran antes de secarse, y una dirección incapaz de construir un proyecto que seduzca a cualquiera.
Sin un proyecto, no hay nueva afición. Sin ilusión, no hay relevo generacional. Sin respeto, nadie se quedará.
Es imposible sentirse parte de algo cuando ese “algo” funciona como un cortijo en el que solo se aceptan reverencias y aplausos, pero ninguna crítica o aporte. Un lugar donde no se respeta a los aficionados que van, a los que dejaron de ir, ni a los que querrían asistir y no pueden. Y aun así, tienen la osadía de llamar “estafadores” a quienes animan, mientras ellos venden entradas a 15 € y abonos a 135 € para ofrecer un espectáculo mediocre y plano al espectador promedio. Y cuando se sienten acorralados, recurren a los “viejos buenos tiempos”, aunque ni siquiera se dignan a aparecer cuando se rinde homenaje a esos mismos viejos tiempos que tanto utilizan como escudo.
La peña Kamicáceres 2.0 nació sin invitaciones, sin elogios y sin más apoyo que el amor al equipo. Creció de dos personas a casi 60, viajando por media España, dejando la voz en el escudo, mientras la directiva pasaba de largo sin un gesto, sin un saludo, sin un simple “gracias” que, como bien sabe cualquiera con un mínimo de humanidad, es gratuito.
Pero un club que no sabe agradecer tampoco sabe ilusionar. Un club que no sabe mirar a los ojos de su afición tampoco sabe pedir disculpas. Y un club que no pide disculpas acaba hablando solo, desde el palco, convencido de que tiene razón mientras la grada baja la mirada y deja de creer.
El silencio no debería preocupar a la peña -esa ya ha demostrado que sabe estar, animar y parar cuando la dignidad lo exige-. Debería preocupar a quien provocó ese silencio.
Porque la afición no tiene por qué querer a quien no la respeta. No puede sostener un proyecto que no existe. No va a fingir entusiasmo cuando la propia dirección vive en el recelo, la soberbia y la incapacidad de mirarse al espejo.
El ruido volverá al Multiusos. Los bombos volverán a sonar. La ilusión puede renacer —si se quiere-.
Pero esta vez, antes de pedir más animación, alguien en el palco tendrá que hacer lo que debería haber hecho hace tiempo: reconocer que se equivocó, pedir disculpas en primera persona y comprender, por fin, que la afición no se compra: se conquista.
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