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Opinión | Es decir

La sentencia está de camino

Una condena sin sentencia es como una prescripción médica sin diagnóstico

El fiscal general a la salida del Supremo

El fiscal general a la salida del Supremo

Es precipitado condenar sin una sentencia, tanto más cuanto que la sentencia pudiera no corresponderse luego con la condena y –Marchena no lo permita– el delito sea mayor, por ejemplo. Tan precipitado al menos como criticar la condena sin conocer la sentencia, y por lo mismo: porque la crítica sea demasiado floja y benévola y no sea proporcional a la sentencia, o al revés, aunque, de ser al revés, bastaría con la crítica ya en curso, de la ministra Mónica García, que juzga la condena de «golpe letal», al diputado Gabriel Rufián, para quien se trata de «golpismo judicial». Y, dicho sea de paso, qué mejor prueba de una mentalidad sumarísima que el gusto político por la palabra «golpe».

Aunque precipitada, crítica política es lo que cabe hacer a una decisión judicial que condena sin sentencia, o que primero condena y después sentencia, siquiera por ser la crítica que ya se hace políticamente a las investigaciones judiciales: su naturaleza proyectiva. Esto es, que si se encarcela a alguien es para ver si se descubre algún motivo que justifique el encarcelamiento (Santos Cerdán creía que solo por eso lo mantenían en prisión). Y si se condena sin sentencia, o si solo hay voluntad de condenar porque no se sabe la razón por la que se condena, como ha escrito Javier Pérez Royo, será para ver si la condena proporciona los argumentos para fundamentar la sentencia. Crítica política, lo único.

Y, dado que la sentencia será tan política como lo ha sido la condena –lo que se deduce de su apresuramiento por que se supiera–, habrá que acatarla, aunque no se respete. ¿Y esto de acatar sin respetar no es igual que condenar sin sentenciar? O sea, precipitarse

Una condena sin sentencia es como una prescripción médica sin diagnóstico, o sea, lo más parecido a recetar fármacos sin saber qué se padece y, según la respuesta que dé el enfermo, diagnosticar luego la enfermedad. Bueno, puede que la comparación no sea…, en fin, olvídese. Pero tanto el enfermo como los políticos que se quejan de la decisión dicen aceptarla, aunque no la compartan. Déjese al enfermo recuperándose. Los políticos aseguran respetar la decisión del tribunal, «como no podía ser de otro modo», añaden, pero no la comparten. No compartirla es lo mismo que discrepar de ella. De la sentencia, cuando se conozca. La pregunta es si la discrepancia será con argumentos jurídicos o, aun tratándose ya de la sentencia, será con argumentos políticos.

Políticos, pues se considera que se ha hecho política. Y, dado que la sentencia será tan política como lo ha sido la condena –lo que se deduce de su apresuramiento por que se supiera–, habrá que acatarla, aunque no se respete. ¿Y esto de acatar sin respetar no es igual que condenar sin sentenciar? O sea, precipitarse.

Pero ya sin prisas.

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