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Opinión | Textamentos

El fútbol ayer, hoy, siempre

Partido Cacereño-Osasuna

Partido Cacereño-Osasuna / Jorge Valiente

El pasado domingo me desmarqué de mi familia mientras paseábamos por el campo, y en mi errabundo peregrinaje escuché voces juveniles procedentes de una colina cercana. Al alcanzar el promontorio descubrí, tal como había previsto, que se estaba disputando un partido de fútbol, seguramente de la liga local.

Huelga decir que pausé mi paseo para ver durante unos minutos esa inesperada contienda en una zona de la sierra madrileña donde hasta ese momento yo ni siquiera sabía que había un campo de fútbol.

El fútbol, como el hombre, ha cambiado mucho y no ha cambiado nada. Sea en el Bernabéu o en el Camp Nou, en una colina o tumbado en el sofá del salón, aceptaremos, recordando a Juan Villoro, que «Dios es redondo» y nosotros, los entusiastas aficionados, somos sus profetas

Empujado por mi sorpresa, me retrotraje hacia la década de 1850 y me identifiqué con lo que debieron de sentir los primeros espectadores, campesinos, estudiantes, gente de paso que se acercaba con curiosidad a un descampado —no necesariamente en una colina— y descubrían un ritual nuevo: veintidós personas corriendo con pasión tras una pelota, como si la vida se hubiera condensado en esa esfera. No había antecedentes claros, no había reglas grabadas en la memoria colectiva, solo el asombro de una multitud que vibraba al unísono por algo tan simple y tan inexplicable como un deporte que, andando el tiempo, acabaría siendo coronado rey.

Parece muy diferente aquel fútbol fundacional (canchas más grandes que las actuales, porterías rudimentarias, ausencia de pintadas y sin reglas claras) del de ahora, tan moderno, en el que la improvisación ha sido sustituida por intereses económicos, normativas rígidas y alta tecnología. Pero, bien mirado, tanto el fútbol de antaño como el actual siguen escenificando el ancestral deseo del ser humano por alzarse victorioso en una batalla sin armas y, a priori, amistosa.

El fútbol, como el hombre, ha cambiado mucho y no ha cambiado nada. Sea en el Bernabéu o en el Camp Nou, en una colina o tumbado en el sofá del salón, aceptaremos, recordando a Juan Villoro, que «Dios es redondo» y nosotros, los entusiastas aficionados, somos sus profetas.

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