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Opinión | Encerado y clarión

Feliz Día del Docente

Una educadora en un aula de alumnos del primer ciclo de Infantil, en una imagen de archivo.

Una educadora en un aula de alumnos del primer ciclo de Infantil, en una imagen de archivo. / G. MORAL

Había una vez, en un pequeño colegio público de cualquier rincón de Extremadura, un aula diminuta donde cabían mundos enteros. No tenía focos, ni grandes presupuestos, ni paredes recién pintadas. Solo unas mesas bajitas, unas pinturas mordidas y unas manos pequeñísimas aprendiendo a agarrar la vida.

Allí reinaba Pepi, una maestra de Infantil. No llevaba corona, ni capa, ni trono dorado. Su único cetro era una sonrisa cansada y una mirada capaz de encontrar el diamante escondido en cada niño que un primer día lloraba desconsolado.

Cada mañana, antes de que la luz terminara de despertarse del sueño, ella llegaba la primera. Encendía la calefacción, cuando funcionaba, abría las ventanas para que entrara aire nuevo y guardaba sus miedos en el bolsillo del abrigo antes de colgarlo en la percha número uno.

Después, como quien construye un hogar con las manos, colocaba en cada rincón un pequeño milagro, plastilina para moldear el futuro, cuentos para ensanchar el mundo, canciones para que nadie se sintiera solo.

Porque en Infantil no se enseña a sumar, se enseña a sostener una mano. No se enseñan letras, se enseñan palabras que curan. No se educa la cabeza, se fortalece el corazón.

Cuentan que en esa escuela había un niño llamado Mateo, que tenía miedo a todo: a la luz, al ruido, a la vida. No hablaba, no miraba, no jugaba. Y Pepi, con una paciencia que ni el tiempo posee, aprendió a escuchar lo que él no decía. Un día, casi como un regalo de esos que nadie espera, Mateo levantó la vista, buscó su mirada y en voz baja pidió ayuda. En ese instante, Pepi sintió que el mundo se detenía. Ese fue su milagro.

Hoy, Día del Docente, Día del Maestro, permítanme escribir lo que debería estar tallado en mármol, un maestro o una maestra de Infantil es la arquitecta emocional del futuro. La primera palabra segura. La mano que rescata. La brújula que orienta la vida cuando aún no sabemos caminar.

Y, sin embargo, ahí siguen, con poco reconocimiento real, casi invisibles, sin aplausos, sin salarios acordes a la responsabilidad inmensa que sostienen, nada más y nada menos que el futuro entero.

Propongo un aplauso sincero y urgente para las maestras y maestros de Infantil, los primeros en llegar y los últimos en rendirse. Los que sostienen el mundo mientras nadie mira. Los que enseñan a amar la escuela antes de que la escuela nos enseñe a sobrevivir. Porque el verdadero futuro se escribe en esas aulas bajitas, con olor a témpera, a colonia infantil y a esperanza

Parece que la sociedad solo recuerda su existencia cuando algo falla, cuando un niño no sabe, cuando hay conflictos o cuando el dolor llega tarde. Nadie ve que cada mañana contienen avalanchas invisibles, levantan edificios de esperanza y contienen tempestades que nunca salen en las noticias.

Por eso hoy, sin fuegos artificiales ni discursos grandilocuentes, propongo un aplauso sincero y urgente para las maestras y maestros de Infantil, los primeros en llegar y los últimos en rendirse. Los que sostienen el mundo mientras nadie mira. Los que enseñan a amar la escuela antes de que la escuela nos enseñe a sobrevivir.

Porque el verdadero futuro se escribe en esas aulas bajitas, con olor a témpera, a colonia infantil y a esperanza.

Hoy todos los docentes se merecen que la sociedad entera les dé las gracias, pero algunos y algunas que se las den sin sombrero, porque sin ellos y ellas, ninguna estrella aprendería a brillar.

Gracias, de corazón.

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