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Opinión | Trazos y travesías

Mejor en extremeño

Guadalupe

Guadalupe

Desde que la actual presidenta de la Junta de Extremadura, María Guardiola, anunciase el anticipo de elecciones al día 21 de diciembre, las personas representantes de los distintos grupos políticos han comenzado sus campañas electorales.

Se han puesto en marcha sin dilación y con el ideario, cada cual el suyo, bajo el brazo. Pasean por localidades, redes sociales y calles mientras se graban, o les graban, contándonos porqué merecen ser votados. Intentan convencernos de que unos, y no otros, son mejores para gestionar los retos que enfrenta esta tierra. Todos aseguran ser más competentes que el rival político para mirar por ella.

Hablan de Extremadura con pasión y argumentos, aunque rara vez lo hacen en extremeño. La mayoría de las personalidades visibles de cada partido, los cabezas de lista, parecen venir de otros lares, impostando acentos muy distintos del que aquí habla la gente de a pie. ¿Quizás sea esto lo que más les hermana?

Al sintonizar la televisión local a la hora de los informativos regionales la situación no cambia demasiado. Nos creemos que hablan del lugar donde vivimos por lo que nos cuentan: reconocemos los problemas, a ciertas personas, las situaciones que nos rodean; pero si sólo tuviésemos que juzgar por las opciones lingüísticas con las que enuncian los presentadores, apostaríamos algo a que nos hemos equivocado de canal y estamos escuchando las noticias de Cuenca, por ejemplo.

Nos habla la clase política de superar los complejos en esta región, de llevar Extremadura al centro. Sin embargo, deberían saber a estas alturas que lo que no se nombra no existe y que nuestra forma de hablar no es ni mejor ni peor que cualquier otra de la península. Desde luego, merece la misma dignidad que todas

Y es que, como dicen algunos, los extremeños somos los andaluces de la marca hacendado. Nos falta un largo trecho que recorrer para honrar lo nuestro y actuar en consecuencia. El extremeño es parte de nuestro patrimonio cultural, como el teatro romano o el monasterio de Guadalupe. Si a uno acudimos en peregrinación por una promesa y al otro para ser testigos de los vestigios del pasado fundacional de esta tierra, qué razón hay para no mimar aquello que compartimos, con ligeras variaciones, sólo por ser de aquí.

Nos habla la clase política de superar los complejos en esta región, de llevar Extremadura al centro. Sin embargo, deberían saber a estas alturas que lo que no se nombra no existe y que nuestra forma de hablar no es ni mejor ni peor que cualquier otra de la península. Desde luego, merece la misma dignidad que todas. Desde las instituciones deberían, también en este asunto, empezar a enseñar con el ejemplo.

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