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Opinión

El que al cielo escupe

Los políticos parecen escolares aburridos en el recreo

Pleno del Congreso de los Diputados.

Pleno del Congreso de los Diputados.

En lo tocante a la meteorología el refranero va presentando notables fallas, tanto por el cambio climático como por el abandono de las labores del campo, pero en lo que respecta a la plasmación, y en más de una ocasión denuncia, del comportamiento humano sigue teniendo plena vigencia, pues, en definitiva, los humanos somos bastante predecibles y repetidos en nuestras actitudes.

El que al cielo escupe en la cara le cae. Como siempre, el refranero, pese a su procedencia popular y su transmisión oral, es una auténtica fuente de metáforas, ya que, partiendo de una evidencia, su significado es más profundo; en este caso, se recrimina la arrogancia y se advierte de la probabilidad de que se acabe pagando por ella.

Sentencias judiciales o casos de corrupción llevan a los macarras de la política a perderse en el frenesí de su arrogancia, sentenciando a su favor y, si sale mal, denuncian lawfare, anglicismo que oculta la cobardía de no acusar a los jueces de prevaricación, o embisten como cabestros a los contarios porque estos sí que roban más y hasta con menos clase, que ya es el delirio

Traigo el refrán a estas páginas porque en los últimos tiempos veo a los máximos representantes de los partidos políticos como si fuesen un grupo de escolares aburridos en un recreo escupiendo hacia arriba y jaleando como energúmenos cuando el escupitajo le cae en la cara a quien lo lanzó al aire, al tiempo que presuponen, en su inconsciencia, que a ellos eso no les pasará y de ahí que sigan escupiendo. El problema es que no son unos chiquillos, sino quienes nos administran, pero comparten con aquellos la inconsciencia ante la arrogancia y de ahí que cuando el escupitajo les resbala por el rostro todos tengas la misma justificación frente a quienes les acusan.

Sentencias judiciales o casos de corrupción llevan a los macarras de la política a perderse en el frenesí de su arrogancia, sentenciando a su favor y, si sale mal, denuncian lawfare, anglicismo que oculta la cobardía de no acusar a los jueces de prevaricación, o embisten como cabestros a los contarios porque estos sí que roban más y hasta con menos clase, que ya es el delirio.

Da mucha vergüenza escucharlos enfervorecidos señalando la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio, proverbio de origen bíblico que tiene también relación con esa arrogancia que cada vez con más frecuencia deriva en chulería barriobajera, que no castiza, por mucho que dos de sus máximos exponentes, ambos presidentes de lo suyo, sean madrileños. Menos mal que Madrid no es España, pero como en Madrid residen los mandamases de los partidos y hay que estar a bien con ellos y ellas y rendirles pleitesía, vasallaje y sumisión rastrera hasta la inmoralidad, su comportamiento de escupitajo al cielo se expande por todo el país. Y es que, como escribe Pedro Zarraluki en su novela Un encargo difícil, «la principal diferencia entre la estupidez y la inteligencia es que esta última no se contagia».

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